jueves, 21 de mayo de 2020

LA NOTA


Julieta tomó el último tren con destino a un lugar que nunca supe. Hacía años que barajaba la posibilidad de abandonarme   pero mi insistencia, mis medias verdades, mis ruegos y mis débiles argumentos  de lástima la habían disuadido hasta ese momento.

Aquella mañana, sin hablarme, cogió un bolso de viaje que sin duda había preparado la noche anterior, se enfundó el veterano abrigo azul de paño y salió. No contaba con que yo me hubiera despertado. La llamé varias veces desde el descansillo.  Seguí reclamándola; se perdió por el bulevar próximo, frecuentado por parejas que descubrían  el amor, como  Julieta y yo cuando nos conocimos.  Miré a través del ventanal la hilera de árboles que trazaban el camino por donde había desaparecido.  No la localicé.

Me vestí precipitadamente y me eché a la calle con  aparente seguridad sin saber a dónde dirigirme. Era un disfraz del patético personaje en que me había convertido.   Esa era mi conducta desde que ella me advertía lo planas que eran nuestras vidas desde hacía tiempo y aun así yo era incapaz de remediarlo. Mi vida transcurría con lentitud; acostumbrado  a los reproches, alteraba los momentos de intimidad con la música, en la que me instalaba dejando pasar las horas.

Como melómano circunstancial,  me era grato refugiarme en cada sinfonía y creía que la orquesta era mi aliada, hasta el momento en que  sonaba el último compás; yo me ocultaba de ella, y Julieta de mí, así cada noche. En  los últimos  días, ella hablaba por teléfono a  media voz y yo subía el volumen del equipo de música   cuyos graves y agudos estaban ajustados, al contrario que mi vida.

Al volver a casa encontré la puerta del apartamento semiabierta, no recordaba haber sido yo. Entré con cautela, pero antes de llegar al salón  sentí miedo; en el dormitorio alguien hacía ruido de abrir y cerrar cajones sin miramientos, Recuerdo un fuerte golpe en la cabeza y un sonido seco. Me desplomé. Cuando abrí los ojos. Tenía sangre en la frente. Me incorporé apoyándome en mi sillón refugio. En el suelo había una nota. “Desde ahora podrás oír música. No volveré a hablar por teléfono”. Las palabras eran de Julieta, pero ¿Y su letra? 

 Un nuevo episodio de irracionalidad me dominó. En mi mente, las imágenes no se detenían ¿qué podría ser lo siguiente? Intenté cerrar la puerta del apartamento. En ese momento, salieron dos mujeres del dormitorio; una vestía con abrigo y la más joven, no sabría decirlo. La sangre que se extendía por mi frente alcanzó los ojos. Con mi pañuelo intenté retirarla y pude ver como  las dos me miraban con desdén, pude distinguir que la mujer con abrigo llevaba  un billete de avión en la mano.

Sentí  indefensión. Mis piernas eran incapaces de mantenerme erguido, no lo pude soportar y me desmayé.

Desde aquel día no las he vuelto a ver.

 

Javier Aragüés (mayo de 2020)

 

 

 

lunes, 18 de mayo de 2020

LA EXPRESIÓN

             



Sandra pegaba la cara al cristal  para mirarse en el reflejo del escaparate. Era el de  una tienda de lencería que frecuentaba. Quería estar segura, pero en esa imagen no se reconocía  al verse como una mujer  de rostro afable y sonrisa contenida; al abrirle la puerta la encargada, el gesto se amplificó sin esfuerzo y la mujer reconoció la expresión de Sandra; se intercambiaron besos sonoros y  saludos innecesarios.       

Era una mujer atractiva, aunque juraba que no lo sabía, se mordía los labios mientras lo negaba. Esa capacidad de atraer le permitía cualquier tipo de aproximación a los hombres con la falsa excusa de una simpatía inagotable.

Tenía fama de resolver las situaciones complicadas como un huracán, aunque era inseguridad más que otra cosa. Así conoció a Esteban, un buen chico, funcionario del ayuntamiento y compañero de trabajo que la miraba absorto, mientras ella hacia un gesto con ambas manos para recolocarle  el nudo de la corbata cada mañana. Al cabo de unos meses eran pareja.

Sandra formaba parte de Comisión de Urbanismo y acompañaba como asesora al alcalde en las reuniones de grandes proyectos.  Antes de finalizar ese mismo año tuvo que asistir a una convención de urbanismo que se organizaba  en París. Al recibir la invitación su expresión cambió. Despachaba todos los días con el alcalde y apenas se encontraba con Esteban. La estancia en París durante cuatro días propició su ascenso a gerente de urbanismo, objetivo inmediato de Sandra.

Un proyecto de edificación de un hotel en el centro de la ciudad, caso de ser aprobado, supondría la consolidación de Sandra en el equipo de gobierno municipal y su más que previsible salto a la política en las próximas elecciones. Las luces de su despacho permanecían encendidas hasta la madrugada, también los domingos.  La única persona que se interesaba por su cansancio y preocupación era Esteban. Le subía algo de comer y cafés en las horas en que no había nadie en el Ayuntamiento,  incluso le ayudaba a ordenar planos y a redactar informes.

La noche anterior a la presentación del proyecto en el pleno, Esteban llevó al despacho una botella de champán, dos copas y un estuche con una orquídea. Sandra sonrió y dejó asomar la misma expresión que en los días pasados cuando le arreglaba la corbata. Esteban arqueó las cejas buscando la aprobación y ella asintió.  Le entregó el estuche con la orquídea, Sandra se afanaba en quitar el aparatoso lazo que lo envolvía; mientras Esteban se apresuraba a descorchar el champán y preparar las copas, ella  seguía enzarzada con el estuche.  Al final lo consiguió, cogió la orquídea entre sus dedos. Esteban le ofreció la copa llena para que brindaran. Ella se emocionó, insinuó un beso y levantó la copa para hacer el brindis. De su boca salieron tres palabras “por los dos”.  Esteban le contestó: “siempre por ti”, a la vez que Sandra se desplomaba.


Javier Aragüés (mayo de 2020)