jueves, 24 de octubre de 2019

DESENLACE








Maite no dejaba de escuchar el Waltz No. 2  de Shostakovich. Con cada compás le caía una lágrima. Para ella, esa música quedaba suspendida en lo más íntimo y le recordaba a Ander en los días robados a la monotonía. En las tardes furtivas, las palabras dejaban de ser las habituales hasta hacerse próximas y posarse en el cuello de Maite, entonces deslizaban descontroladas por su espalda en busca del silencio para convertirse en un aliento sosegado. Sí, porque el deseo de Ander susurraba sobre su piel desnuda y al tocarla se convertía en ofrecimiento incondicional para continuar aquella arriesgada y sorprendente aventura. Maite, sin pedir nada a cambio, se enredaba en los deseos de los dos.

Pero aquella tarde, en medio de la pasión, irrumpió la visita indeseada. La música se detuvo y el amor, asustado, se cobijó en el recuerdo.  




Javier Aragüés (octubre de 2019)


domingo, 20 de octubre de 2019

EL DIARIO SECRETO DE DIDIER



—Didier, no sé qué tendré que hacer para que me dejes leer algunas páginas de tu novela —me repitió Ilka cuando paseábamos junto a la iglesia de Dürnstein.

— ¿Pero de qué novela me hablas? Si lo único que hago es anotar impresiones en mi diario, y no siempre— le contesté algo molesto.

Yo intentaba quitarle importancia, aunque el tono que utilicé me denunciaba y porque, de no ser así, Ilka, con toda probabilidad, habría roto con nuestra amistad.




DÜRNSTEIN


Me seguía sorprendiendo desde aquel verano que todo empezó con una cita aparentemente casual, pero por lo que averigüé meses después, por sus propias palabras, fue deliberada. Hacía tiempo que nos conocíamos, creo que casi un año. Yo pasaba unos días de descanso en una pequeña localidad austriaca que sería mi residencia habitual al llegar mi jubilación. Cada tarde, paseaba  por unas de las calles adoquinadas que vigilaban la orilla del Danubio. Lo hacía después de escribir y lo justificaba como algo necesario para alimentar mi inspiración, pero según pasaban las tardes mi argumento perdía consistencia. Solo esperaba la hora que marcaba el tañir de la campana de la iglesia, para recoger mis útiles de escritor aficionado e ir a su encuentro.

— No sé qué tengo que hacer para que comprendas que yo estoy en activo, soy la maestra de esta comunidad y mi disponibilidad es limitada.

—Lo sé. Pero me has acostumbrado a estos paseos, a nuestras charlas y a aborrecer que sea la noche la que me obliga a despedirme.

— Hoy no me puedo contener necesito decirte lo que desde hace tiempo resume ese deseo de conocer lo que escribes y no es ni más ni menos que descubrir si buscas mi amor o son suposiciones mías. En cierta manera me siento culpable, porque fui yo, la que aquella tarde cuando dabas tu paseo, al llegar junto a la escuela, te llamé para que me ayudases con aquella ventana que yo no conseguía cerrar y que siempre había permanecido abierta. Solo el hecho de detenerte y prestarme atención alteró el significado de esa jornada que parecía implacable para no ser diferente a otras tantas. Desde aquel momento mi mente se disparó, hasta hoy.

Yo no sabía lo que pensabas.Bastaba con esperar, y cuando asomabas por el recodo del camino que llevaba la escuela, imaginar tu figura, tus pasos acompasados hasta llegar a la puerta con tu inseparable cuaderno, que apretabas con una de tus expresivas manos y que, como si tuvieran vida, tus dedos cuidaban con sutileza para que no te abandonase. Pero había algo mucho más rotundo. Tu discreción para que si nos observaba alguien pareciera un encuentro casual y preservar mi reputación. Quizás era esto, lo intangible, lo que más apreciaba. Entonces y como si aquello no fuera suficiente, me buscabas antes de que mi presencia fuera manifiesta y tus ojos, sin verlos, hacían estragos en mi imaginación. 

—Comprendo tu curiosidad pero si conocieras lo que esconde mi cuaderno te defraudaría. Esa tarde, al encontrarnos, estaba atemorizado; yo esperaba tu insistencia y más que nunca apretaba mi cuaderno, pero mis dedos apenas lo podían sujetar y entonces apareciste. Nuestros ojos se encontraron y mi diario cayó. El impacto contra el suelo lo dejó abierto. Me sentí desnudo. Mi vida preservada, a punto de ser terriblemente conocida. 

Ilka miró al suelo. Todas las páginas en blanco, salvo la última, con solo tres palabras. Ilka, te quiero.


Javier Aragüés (octubre de 2019)




viernes, 11 de octubre de 2019

EN LA ISLA


Bastó una mirada para rasgar mi seguridad y recordar que a esa edad todavía era capaz de enamorarme. Caminaba por la cubierta provocando y sorteando coincidencias porque entre el pasaje estaba esa mujer. Desde hacía horas que ella y yo nos buscábamos; a ella le fatigaba la fidelidad y a mí, un exceso de realidades.

Dos largos e insistentes avisos de la bocina del barco anunciaban la escala en aquella pequeña isla del Egeo al sur de Atenas. El pasaje estaba compuesto en su mayoría por habitantes de la isla, que por sus atuendos y la forma de gestualizar era evidente; nos hicieron descender por  una pasarela endeble que hacía imposible el equilibrio. Destacaba un grupo de ingleses, blanco de las miradas de los griegos y de un desdén manifiesto, y por supuesto la pareja, que no era capaz de ubicar y no pasaba desapercibida, sobre todo por ella.




Isla de HYDRA


Después de una larga travesía, el pisar las losas pulidas del muelle, alisadas por el tiempo y el sufrimiento de los pescadores, me produjo cierta tranquilidad y la certeza de que la isla no se movía.
En el lugar, nadie, quizás por la hora. En los aledaños, junto a uno de los viejos almacenes de pescadores, un grupo de hombres inmóviles formaban parte de la quietud mientras observaban lo que parecía un cuerpo sin vida. Después supe que no era el de un hombre cualquiera, por los gestos histriónicos que dibujaban aquellos individuos. A intervalos de no más de un minuto se les escapaba — ¡Pobre don Calix!—, sin dejar de gestualizar. 
El grupo de policías  que formaba parte de la minitragedia también  tenía su propia coreografía y se empeñaban en aparentar excesivo interés por el caso, aunque con la 

desgana mediterránea que caracterizaba a los agentes.
Creo que fui el único que advertí la escena. Ella siguió caminando y yo detrás a unos pasos, los necesarios para que mi interés no fuera evidente. La mujer al cabo de unos segundos, disminuyó la marcha y con discreción, giró su esbelto cuello en silencio como señal de aprobación a mi interés y con intención de volverse, sin llegar a hacerlo. Él hombre que la acompañaba — su marido quizás— seguía caminando a una distancia que parecía perderla.

De forma inesperada, una luz intermitente, acompañada de pitidos graves y cortos al principio de la bocana, rompían la calma del puerto natural. El grupo de agentes y vecinos se disgregó dejando ver el contorno abultado y blanco de la sábana que cubría el cuerpo. Dos hombres recogieron a la víctima y el furgón desapareció. El lugar quedó  recompuesto y sin rastro, nada ni nadie podría decir que aquello había ocurrido.

El paseo, rigurosamente enlosado, perimetraba el puerto y era itinerario obligado de todos los que desembarcábamos. Los habitantes de la isla hacían la vida en las apretadas  callejuelas que asomaban al malecón. Todos seguimos de manera involuntaria al grupo de griegos que nos condujo hasta el centro donde se encontraba el único hotel, que no era otra cosa que un gran caserón de piedra que en otros tiempos había pertenecido a una de las familias de armadores. Ya sin los griegos, todos se mostraban indecisos y en la puerta no se atrevían a pasar, se agolparon en el gran portalón que hacía las veces de recepción; la mujer se quedó rezagada y el hombre entró con decisión  como si conociese el lugar. Ella aprovechó ese instante para entregarme un trozo de papel doblado y se volvió adelantar con la intención de seguir al hombre que  entró en una habitación que había tras el mostrador. 

A escondidas, desplegué el papel arrugado y en él unas letras inseguras que hablaban por si solas. "Te espero esta noche a las once, en mi habitación. Primera planta, la puerta junto al pasillo. Rosella."

A las diez cincuenta y cinco ya estaba allí, no tuve que averiguar más, Rosella me esperaba en la puerta.


Javier Aragüés (octubre de 2019)







lunes, 7 de octubre de 2019

DESPERTAR


No podía dormir. Desde hacía días un sueño extremo me despertaba, el frío recorría mi cuerpo y se instalaba en manos y pies; era el síntoma de que la noche había sido trémula y tenía la sensación de haber soñado. Un sudor frío empapaba mi frente. Esperaba en la cama las fuerzas para —sin Amanda— iniciar otra jornada desocupada de cariño. Sin pensarlo más me senté en el borde de la cama, no alcanzaba a dar la luz. Con un movimiento de pies conocido y alternativo me topé con una de mis zapatillas, bastaron dos intentos. Conseguido mi objetivo inicié el camino, semidormido, para atravesar el pasillo —interminable— hasta llegar a la cocina. Repetía los mismos gestos para amortiguar su ausencia.




Encendía la luz a tientas. Ponía los dos tazones sobre la mesa y dos cucharillas, el azucarero desconchado de un amarillo triste que ya no necesitaba tapa —víctima incruenta en un descuido— , miraba de reojo a la mesa por si faltaba algo y preparaba el desayuno. El silbido de la cafetera y el olor intenso a café ocupaban mis sentidos. Me sentaba y después de llenar las tazas esperaba a que ella arrancara a hablar, lo habíamos hecho tantas veces... pero la espera era infructuosa y solo la radio con un programa matinal repetía su ronroneo incansable. Pasaba más de una hora, aunque cada día se alargaba un poco más, hasta que duchado y vestido me enfrentaba a la decisión de salir a la calle. No tenía otro remedio. 

La portera lanzaba su saludo frío y protocolario sin levantar los ojos mientras barría. El portal era la frontera entre la sombra y la penumbra y el reto para asaltar la calle. Iba al trabajo —cerca de mi casa— dando un paseo, pero seguía pensando en ella. Su mirada sostenida rayando la indiscreción, el cabello ensortijado hablaba y unos ojos dispuestos a engañar si era necesario, la hacían imprescindible. Seguí caminando sin dejar de pensar en ella. 


Al pasar por delante de una librería me pareció verla. 


                                                       


Javier Aragüés (octubre de 2019)

miércoles, 2 de octubre de 2019

FERIA DEL LIBRO DE MURCIA

El próximo viernes 4 de octubre, estaré en el estand de la Editorial Circulo Rojo de la Feria del Libro de Murcia, donde firmaré ejemplares de mi libro RELATOS Y MICRORRELATOS AL COMPÁS DE LA VIDA.









INTRODUCCIÓN A MI LIBRO


La vida regatea; si te excedes en el equipaje, fatiga. Es un viaje —largo para algunos— insuficiente para casi todos. Caminas sin ver el final. 


Si estás dispuesto, el recorrido está lleno de sensaciones nuevas y sorprendentes; las que son agradables parecen escasas. 


Si las percepciones vitales son conocidas, indican que el camino se angosta y queda poco tiempo para el final; cuando son inesperadas, obligan a poner el contador a cero, a sobreponerse y a estar dispuesto a echar a andar una vez más.


 La vida tiene un compás, en donde se suceden los relatos a tal velocidad que definen el ritmo de nuestra existencia; si lo pierdes, tropiezas y puedes dejar de caminar.




Javier Aragüés (octubre de 2019)