miércoles, 4 de abril de 2018

EL ESTETOSCOPIO, UN APARATITO ENCANTADO

Cecine era una pediatra que adoraba a los niños. Pasaba consulta en uno de los hospitales de referencia de la ciudad de París y estaba casada con Didier que era más bueno que el pan. Los dos tenían una debilidad especial por los pequeños, aunque no podían tener hijos. Nicole era su enfermera y la persona con la que pasaba la mayor parte del tiempo. Trabajaba con Celine desde que había ido a vivir a la gran ciudad. Conocía a Didier, los dos eran de Bobigny, un pueblo cerca de París; por eso y por lo bueno que era Didier,  Celine la había contratado como enfermera. 

Nicolle tenía malas pulgas y era una enfermera muy corriente, por eso la doctora la tenía que decir como hacer las cosas y la regañaba muchas veces.

Todos los jueves, a las diez de la mañana, Celine pasaba consulta a niños enfermos de los pulmones o del corazón. Era precioso ver cómo, con mucho cuidado, cogía el aparatito con sus manos, separaba las varillas de metal, colocaba los extremos en sus oídos y lo ponía sobre el cuerpecito del niño, que como estaba frío, daba un pasito atrás. Celine, con muchísimo cuidado, como si fuera una bailarina de ballet, acercaba otra vez el aparatito poniendo su mano en el pecho y el pequeño se dejaba.

El aparatito parecía tener vida en sus manos, era como si la conociera y trabajaba por su cuenta. 


La doctora no se cansaba de atender a los pequeños. Si al poner el aparatito se paraba sobre el pecho del niño, ponía la cara triste y hacía un puchero ya la vez sonreía para no asustar al niño.

Celine tenía fama como doctora. Muchas veces había curado a los niños y les había salvado la vida. La doctora estaba rodeada de leyendas pero había una que sobresalía. Decían que tenía un poder especial que le permitía curar a los niños con enfermedades muy graves. Contaban que un día, al detectar una alteración en el corazón de un niño, su rostro se desencajó, parecía atorada. Empapada en sudor frío, cogió la membrana del estetoscopio entre sus dedos y con convicción, la pasó varias veces por la zona que creía afectada, hasta que cambió su cara, desapareció la preocupación y se concretó en un profundo suspiro acompañado de una sonrisa tranquilizadora. En ese momento dejaron de escucharse los ruidos que parecían provenir de un soplo.

Nicole observaba con atención a la doctora en cada exploración, se mostraba asombrada y con ansias incontenidas de aprender, a las que no ponía límites, salvo los que le imponían su propia envidia. Trataba de imitarla. Sin saberlo la doctora, llegó a comprarse su propio estetoscopio. Soñaba con que un día podría utilizarlo.
  








Celine nunca faltaba a su consulta, pero ese jueves se sintió indispuesta por un trastorno intestinal pasajero y no acudió. La consulta estaba a rebosar, entonces Nicolle invitó a pasar a unos padres que esperaban con su hijo, sin decirles que no estaba la doctora. Intentaba comportarse como si fuera Celine. Fingía ser amable, imitaba sus gestos, pero su inseguridad y su mal carácter la traicionaban. Pidió a la madre que desnudara al niño de cintura para arriba, el pecho del pequeño se mostraba
Indefenso, expuesto a Nicolle a la que le temblaban las manos y no acertaban a sujetar el instrumento acústico. Al hacer el gesto, para separar los arcos metálicos, le pareció sentir que ofrecían una resistencia infinita. A duras penas consiguió acercar el aparato a la piel del niño, que desconfiaba. Le intentó sujetar con brusquedad para auscultarle, el niño al sentir su mano, se puso a llorar desconsolado, temblando de miedo. Nicole desistió, no sabía cómo  reaccionar, acompañó a los padres e intentó dar un beso al niño que no se dejó. 







Ahora le tocaba pasar al siguiente niño, con el que tuvo algo más de fortuna, le auscultó y le pareció detectar una lesión, en apariencia grave según ella. Decidió dar un paso más, y tuvo la osadía de intentar curarle. Trató de imitar a la doctora. Frotaba y frotaba la membrana, presionando en exceso sobre el pecho del niño, hasta enrojecer la zona, pero los síntomas permanecían y continuaba escuchando los ruidos chirriantes y ásperos provocados por el soplo en el corazón. Se desencajó su semblante, apenas podía disculparse y avergonzada, abandonó la consulta de forma precipitada.

Intentó contactar con la doctora. Llamó por teléfono a su casa, contestó Didier. Se sintió aliviada, con él tenía más confianza; le preguntó por el estado de Celine.

— ¿Cómo se encuentra la doctora? — preguntó, con voz de compromiso.

—  Está adormilada. ¿Qué quieres?

Sin esperar más, falseando la verdad, le dio su versión de lo ocurrido.

— Aproveché la ausencia de la doctora para ordenar el despacho, pero tuve que dejarlo, la consulta estaba de bote en bote, e intenté atender a los pacientes como pude.

— ¿Había muchos niños? —preguntó Didier, preocupado.
— La mayoría, pero solo atendí a tres.

— ¿Qué hiciste?

— Intenté explorarlos como había visto hacer a la doctora, pero me resultó imposible, no conseguía tranquilizarlos, se asustaban.

—  ¿Utilizaste el estetoscopio?  —preguntó Didier alarmado.

— Sí, sí, tal como lo hacia ella. 

— ¿El estetoscopio de Celine?

— El suyo, por eso no lo entiendo.

— Nicolle, de lo que cuentas algo, o todo, no encaja. Celine jamás abandona su estetoscopio, no se lo deja a nadie. Sabes lo importante que es para ella, siempre lo lleva consigo, de hecho lo tiene aquí, en nuestra casa.


Javier Aragüés  (abril de 2018)











viernes, 16 de marzo de 2018

LA VOZ

La voz se encaró con la rata, único vestigio de vida en el decadente inmueble. 

— Buenos días —dijo.

— Eres puntual. ¿Estás dispuesto a conversar?

— Un día caerás en el cepo y no volverás a saludarme.

—Es difícil. Noto el olor de cada vecino y antes de probar los trocitos de queso que hay en el cepo, sé quien les ha puesto la mano encima. 

— ¿Puedes explicarme a qué huelen?



— Los del primero a ignorancia, pasan y no dejan rastro. Los del segundo van impregnados de efluvios a avaricia, no son capaces de saciar sus ansias de poseer sin compartir, no saludan y se rodean de un tufo de insatisfacción. La pereza salpica a todos. Solo la lujuria me confunde con un olor nada frecuente que se concentra en los pisos más lujosos, pero hace meses que no huelo a nada

Un fuerte portazo ahuyentó al roedor, que corrió a su escondrijo bajo las maderas del peldaño más cercano, mientras que la voz se ocultó tras la puerta del ático y se zanjó la charla.

Elvira la inquilina del piso tercero salía de casa. Descendía agarrada al pasamano. Cruzaba armoniosamente las piernas.  Solo la limitaba su falda, muy ceñida y con una larga abertura al dorso. Daba un pequeño giro a la punta del zapato, cada vez que notaba el contacto con el escalón, para asegurar un gesto elegante. 
Deseaba encontrarse con algún vecino. Pese a sus taconazos y suspiros el encuentro parecía imposible. No coincidía con nadie. Llegaba a pensar que el inmueble estaba desocupado. 


El centro de la silenciosa escalera estaba vacío para alojar un ascensor que nunca había existido. Desde el garito de la portería, el hueco parecía una siniestra chimenea.

Elvira creyó escuchar cómo se abría lentamente la puerta del ático, al son del rechinar de los oxidados goznes.

En el bajo se encontró con la portera. Tenía las manos en la cintura y los brazos separados. Estaba plantada delante de su cuartucho, provocando una charla.

— Tan guapa como siempre.

— ¿Usted conoce al nuevo inquilino del ático? Acabo de salir de casa y este edificio parece una tumba.

—Yo no. Creo que llegó el lunes por la tarde, a última hora.

— ¿Quién se lo ha dicho?

— Mi marido. Pero no me fío, se pasa el día adormilado. Es como si no existiera.



Frente al portal paró un taxi, se aposentó en el asiento trasero e introdujo las dos piernas con habilidad, para no enganchar sus medias y mostrar hasta donde le parecía discreto. Indicó al taxista el nombre de un parque y el coche partió dejando una nube densa de gases grises por el fuerte acelerón.

Un soplo de aire abrió lentamente la puerta del ático y entre las maderas del peldaño deformado, la rata, asomó su hocico puntiagudo sobre dos dientes repugnantes.

La voz le advirtió. 








— ¿Ya estás aquí otra vez?

— Como nadie nos oye, he salido.

— Pienso en ti. Me entristece verte tan solo. 
¿Te has fijado en la chica de la falda?

— La he oído partir.  

— ¿Por qué te encierras?

— Prefiero pensar, ordenar mis sentimientos para relacionarme. Para mí, estar solo es una elección y está relacionada con la 
insatisfactoria vida exterior. Es más fácil estar contigo, me ayuda a conocerme.

— Elvira se interesa por ti.

— Solo sé que ha dado un portazo al salir de su casa y se ha parado a hablar con la portera. No sé nada más.

— Es un alma solitaria como tú, parecéis   diferentes pero algo os une. 

— ¿Por qué dices eso?

— Está sola pero elige los momentos para relacionarse, con la diferencia de que ella no quiere pasar desapercibida y tú sí.

—  No soporto vivir con la carga de no saber querer. He perdido el amor. No quiero mostrar la poca humanidad que hay en mí, ni llamar la atención; me oculto, pero me apasiona que hablen de mí. Tengo que asumir mi estado y vivir encerrado en mí retiro. En libertad, soy un riesgo.

Se oyó un murmullo en el portal. Elvira había vuelto y ejecutaba los mismos gestos. Su taxi se detuvo delante del edificio, ella se inclinó hacia el conductor para pagar, cerró el bolso, sujetó su falda con la otra mano, puso los pies en la acera, se incorporó y salió del taxi. 

¿Elvira?


Aunque la portera la abordó, Elvira aceleró el paso y zanjo el encuentro con un: "Mañana le contaré". No se detuvo. Decidida a conocer al nuevo inquilino, subió al ático y llamó a la puerta entreabierta, que cedió.

Una rata salió del piso y se escondió bajo las maderas de un peldaño.
Elvira dio un grito.
Del interior del apartamento una voz densa y esponjosa la llamó por su nombre. Y aquella suave voz qué en un principio, le susurró al oído… beso sus labios… acarició su espalda, se convirtió en una aguda voz de cristal, que, con ansia, rasgó su vestido… desnudo su cuerpo… y apasionadamente la poseyó.

A la mañana siguiente, Elvira despertó en su casa. Se vistió como acostumbraba y descendió a golpe de tacón hasta toparse con la portera.

 —  Disculpe ayer venía muy cansada y no me entretuve en saludarla— le dijo.

—  —No tiene importancia señorita Elvira, solo quería decirle que no entendí bien a mi marido.  Por la noche me dijo que el nuevo inquilino del ático, no vendrá hasta dentro de dos semanas.



Sara Laborda y Javier Aragüés (marzo de 2018)

jueves, 8 de marzo de 2018

MATICES

Eran las doce en punto de un día ardiente del mes de agosto. El reloj se detenía un instante para cumplir con su cometido y sonaron los doce gong. Las calles estaban huecas. La terraza del bar invadía la explanada de la plaza mayor. En el centro, una fuente de un solo caño vertía su caudal al pilón donde borboteaba. El agua salía por la boca de la escultura tosca de un mozalbete mofletudo, de cabello ensortijado y cubierto a medias por una túnica con numerosos pliegues rígidos desgastados por el tiempo, en actitud inmóvil.

Ander y Violeta se conocieron en el instituto. Hicieron juntos la carrera de magisterio, se enamoraron y desde entonces no se habían separado. Sus vidas transcurrían dentro de la satisfacción que produce estar junto a la persona amada, sin más exigencias. 

Frecuentaban un pueblo, próximo a la ciudad, donde habían alquilado un caserón. Eran de costumbres fijas y aburridas que se agudizaban con el paso del tiempo. Cuando estaban en el pueblo, Ander, mientras Violeta preparaba el desayuno, se desperezaba en el dormitorio de la casa que tenían alquilada. Su único oficio era recordar. Revivía los veranos que pasó en aquel pueblo junto a unos parientes lejanos, que se hacían más próximos cuando se acercaban las vacaciones. A todos los efectos, sus padres le depositaban en aquel lugar perdido. Ellos visitaban los lugares de moda, convencidos de que el chaval era lo que deseaba, aunque jamás se lo preguntaron. Entre los recuerdos se detenía al verse como un pintor, junto a telas imaginarias que recreaban la atmósfera de las calles de la población, con un expresionismo en el que la realidad se conjugaba como la representación de los sentimientos y los estados de ánimo de Ander. Expresaba las sensaciones, frente a la lógica de la amargura por querer cambiar su vida. Utilizaba colores fuertes y trazos firmes para plasmar el diálogo de angustia frente al mundo. Alguna vez pintaba algún personaje, que siempre representaba triste y desfigurado.


Al levantarse precipitado, por el olor a café y pan tostado, se apremiaba para encontrar su paquete de cigarrillos, encendía uno tras otro, y este gesto se repetía durante el día con escasas interrupciones. Era un pretexto para iniciar cualquier acción o justificar su indiferencia. Ander era un hombre cuyo aspecto estaba a mitad de camino entre el fracaso y la desesperación. 

Violeta pasaba las tardes leyendo y soñaba con largos paseos junto al mar cogidos de la mano del hombre que no se atrevía a amar verdaderamente. En el sueño siempre amenazaba el temporal y una gran ola irrumpía en el paseo, devolviéndola a la realidad. 


Ander y Violeta pasaban temporadas en aquel pueblo, sobre todo los fines de semana. Ander se distinguía por sus costumbres extravagantes. Ocupaba la misma mesa, a la misma hora, con idéntica forma de sentarse y de cruzar las piernas; una mezcla entre desgana y presunción.
Cuando se acercaba al bar de la terraza lanzaba un: "Oye. Por favor". Como un clamor que precedía a la petición de dos cervezas. La voz resonaba, amplificada por el cinturón de arcos que abrazaban la plaza del pueblecito, a continuación se dirigía a los  clientes y les invitaba a participar en sus disquisiciones, sin mucho éxito. La estatua era la única que parecía absorta ante las estridencias de Ander. Era un hombre que no le importaba destacarse gesticulando o mostrándose histriónico, y en muchas ocasiones elevaba la entonación para conseguirlo, aunque a partir de la tercera jarra de cerveza, no necesitaba ningún esfuerzo para hacerlo. 






Siempre le acompañaba Violeta, su pareja. E
n apariencia era frágil pero encerraba un fuerte carácter controlado por los años junto a Ander. Llevaba algunas veces un vestido color pastel, lila apagado, salpicado por lo que parecían florecillas discretas y en realidad eran motivos amarillos rematados por un pequeño guion verde a modo de interrogante. Parecía el boceto de una pintura al óleo, oculto bajo el expresionismo agitado de aquel hombre. 


Siempre estaba junto a él, le cedía todo el protagonismo y le hacía sentirse encumbrado ante una parroquia inexistente. Ella era una joven afable, de sonrisa contenida ante las imprevistas y desafiantes miradas de Ander. Se balanceaba entre una complacencia artificial hacia Ander y el sufrimiento acumulado por el tiempo junto a él. Se sentaba después de que él hubiera ocupado su lugar en la terraza del bar de la plaza, con la única misión de servirle de silenciosa compañía. 

Las estancias en la casa del pueblo se prolongaban, pasaron a durar meses por iniciativa de él, empeñado en la búsqueda de una pretendida inspiración para hacer de la pintura un refugio. Violeta observaba como el hastío de sus vidas, les deslizaba a un mundo de convivencia ficticia, plagado de significativos silencios, que él provocaba y ella no se atrevía a deshacer. 

Después de varios años repitiendo las visitas a la población, en la más profunda soledad, Ander comenzó a sufrir una enfermedad que deterioraba su capacidad cognitiva y que hasta entonces, se había mantenido oculta, por la aparente vivacidad en sus repuestas, ante nulos contrincantes.

La locuacidad y las rápidas contestaciones habían dejado de sorprender, hasta los que hasta entonces se decían amigos, y cada vez eran menos frecuentes y lúcidas sus intervenciones. 



 John Singer Sargent (1856–1925) Pintor estadounidense.



Violeta iba descubriendo que Ander se alejaba de la realidad que habían construido y que entre ellos solo quedaba la costumbre de estar en compañía. Estaba lejos el joven del que se había enamorado y que era sensible a las desigualdades. Para él, hablar de amor era sinónimo de cercanía, que se alcanzaba desde la generosidad; según él, era la cualidad para entender las diferencias. 

Todo lo había perdido. Ante ella aparecía un monstruo cuyo rostro había dejado de ser razonable, y lo ocupaba el semblante del que no esperaba nada. Se había vuelto agresivo hasta el extremo de que Violeta temía por su integridad.

Volvieron a la ciudad. Esa mañana, ella se preparó para acompañarle al médico. Él arrastraba una mirada perdida, ojos vidriosos y barba tupida que tiznaba su cara.Violeta hizo un sobresfuerzo y le adecentó. Sacó un vestido de escote valiente, que colgaba en su armario y que no se atrevía a ponerse. A Ander le parecía extremado. Al verlo a la luz, reflejaba un cárdeno intenso que resaltaba el color de sus venas, llenas de fuerza, dispuestas a combatir. 

Caminaban. Ander, sin fuerzas, extendía la mano para buscar la de Violeta, y se encontraron. A través de su piel transmitía que no le tenía miedo y estaba dispuesta a luchar para volver a ese amor que ambos habían conocido y solo la enfermedad, su condescendencia y el carácter de Ander se habían encargado de fragmentar. 

Al salir de la consulta pasearon cogidos de la mano hasta su casa. El sol comenzaba a ocultarse en un horizonte cubierto de tonos lilas y violetas que se mostraban sin complejos. Era el preludio de un atardecer plagado de esperanza.



Javier Aragüés (8 de marzo de 2018)


sábado, 3 de marzo de 2018

UN VECINO ENIGMÁTICO

El vecino del ático esperó a que la portera encendiese la luz de la escalera y entrara en su limitado chiscón. Entonces se encaró con la rata, único vestigio de vida en un inmueble tétrico. Resonó una voz. 

— Buenos días.

— Eres puntual. ¿Estás dispuesto a charlar?

— Un día caerás en el cepo y no volverás a saludarme.

—Es difícil. Noto el olor de cada vecino y antes de probar los trocitos de queso que hay en el cepo, sé si les han puesto la mano encima. 

— ¿Puedes explicarme a qué huelen?




— Los del primero a ignorancia, pasan y no dejan rastro. Los del segundo van impregnados de efluvios a avaricia, no son capaces de saciar sus ansias de poseer sin compartir, no saludan y se rodean de un tufo de insatisfacción. La pereza salpica a todos. Solo la lujuria me confunde con un olor nada frecuente que se concentra en los pisos más lujosos; pero hace meses que no huelo a nada


Un fuerte portazo ahuyentó al roedor, que corrió a su escondrijo bajo las maderas del peldaño más cercano, mientras la voz se ocultó tras la puerta del ático

Elvira cerraba de golpe para  poner de manifiesto que era una gran diva y estaba dispuesta a salir de casa. Descendía agarrada al pasamano. Cruzaba armoniosamente las piernas.  Solo la limitaba su falda, muy ceñida y con una larga abertura al dorso. Daba un pequeño giro a la punta del zapato, cada vez que notaba el contacto con el escalón, para asegurar un gesto elegante. Deseaba encontrarse con algún vecino. Pese a sus taconazos y suspiros el encuentro parecía imposible. No coincidía con nadie. Llegaba a pensar que el inmueble estaba desocupado. En el bajo se encontró con la portera. Tenía las manos en la cintura y los brazos separados. Estaba plantada delante de su cuartucho, provocando la charla.


— Tan guapa como siempre.

— ¿Usted lo ha visto? Acabo de salir de casa y este edificio parece una tumba.

—Yo no. Creo que llegó el lunes por la tarde, a última hora.

— ¿Quién se lo ha dicho?

— Mi marido. Pero no me fío, se pasa el día adormilado. Es como si no existiera.

— Este hombre es extraño. Nadie lo conoce. Debería haberse presentado, por lo menos a usted.


— Mi marido me dijo que no traía equipaje y que más que un inquilino parecía una visita. Pero no le hice mucho caso.

Elvira no mostró interés por continuar con la conversación. Se apresuró, sin perder la sincronía de sus pasos. En el portal paró un taxi, se aposentó en el asiento trasero e introdujo las dos piernas con habilidad, para no enganchar sus medias y mostrar hasta donde le parecía discreto. Indicó al taxista el nombre de un parque y el coche partió dejando una nube densa de gases grises por el fuerte acelerón.






Escaleras de Bramante




El centro de la escalera estaba vacío para alojar un ascensor que nunca había existido. Desde el garito de la portería, el hueco parecía una gran chimenea. En un extremo solo se oía canturrear a la portera, en el otro, estaba la salida donde se encontraba el último piso. Parecía oírse cómo se abría lentamente la puerta del ático, al son del rechinar de los goznes, mientras la rata asomaba el hocico puntiagudo sobre dos dientes repugnantes, entre las maderas del peldaño deformado. La voz advirtió. 

— ¿Ya estás aquí otra vez?

— Como nadie nos oye, he salido.

— Pienso en ti. Me entristece verte tan solo. 
¿Te has fijado en la chica de la falda?

— La he oído partir. 

— ¿Por qué te encierras?

— Prefiero pensar, ordenar mis sentimientos para relacionarme. Para mí, estar solo es una elección y está relacionada con la 
insatisfactoria vida exterior. 
Es más fácil hablar contigo, me ayuda a conocerme, aunque no me contestes.

— Elvira se interesa por ti.

— Solo sé que ha dado un portazo al salir de su casa y se ha parado a hablar con la portera. No sé nada más.

— Es un alma solitaria como tú, parecéis   diferentes pero algo os une. 

— ¿Por qué dices eso?

— Está sola pero elige los momentos para relacionarse, con la diferencia de que ella no quiere pasar desapercibida y tú sí.

—  No soporto vivir con la carga de no saber querer. He perdido el amor. No quiero mostrar la poca humanidad que hay en mí, ni llamar la atención; me oculto, pero me apasiona que hablen de mí. Tengo que asumir mi estado y vivir encerrado en mí retiro. En libertad, soy un riesgo.



¿Elvira?



Se oyó un murmullo en el portal. Elvira había vuelto y ejecutaba los mismos gestos. Su taxi se detuvo delante del edificio, ella se inclinó hacia el conductor para pagar, cerró el bolso, sujetó su falda con la otra mano, puso los pies en la acera, se incorporó y salió del taxi. Mientras, el coche se alejaba dejando una nube de gases negruzcos tras un acelerón.

Aunque la portera la abordó, Elvira aceleró el paso y zanjo el encuentro con un: "Mañana le contaré". No se detuvo. Subió al ático y llamó a la puerta entreabierta, que cedió. En el interior buscó al nuevo inquilino. Vio una rata a la entrada, que no se asustaba, corrió por el piso hasta toparse con él y la calmó. 


A la mañana siguiente, despertó en su casa. Se vistió como acostumbraba y descendió a golpe de tacón hasta toparse con la portera.


  Ayer venía muy cansada y no me entretuve en saludarla.

   No tiene importancia. Lo importante es usted. ¿Ha descansado?

   Perfectamente. Estoy muy animada para   empezar la jornada.

   ¿Le ha visto?

    Bueno. Usted lo sabe.

    Si no me dice algo más.

Elvira sonrió y la portera correspondió confirmando la complicidad.

  Anoche estuve en su casa. Me encontré una rata. Él no se asustó. Hablamos mucho y él me escuchaba. Es respetuoso y hoy le he propuesto que salgamos. 

 ¿Ha aceptado?

  Por supuesto.

  ¿A dónde irán?

  Al parque y después comeremos juntos.

  Me alegra señorita Elvira. 
      Parece que tarda en bajar.

—  No crea, es muy tímido y no lo hará hasta  que usted no se retiré.

Salió al portal esperó unos minutos mientras desaparecía la portera. Paró un taxi e instantes después desapareció. El coche dejó una nube densa de hunos grises y negros provocados por un fuerte acelerón.


La portera desde el chiscón rumiaba y el murmullo llegaba hasta el ático, por el hueco del ascensor"Esta se cree que me engaña. El nuevo la ha dejado plantada, como siempre".


Javier Aragüés (marzo de 2018)



miércoles, 21 de febrero de 2018

EL VIAJE APLAZADO

El ritmo habitual de la jornada se va aplacando en la ciudad.Van cerrando los establecimientos, abren los refugios para los más inestables y la pulsión de la vida cambia por el estruendo de los instintos. 

En una calle estrecha, vinculada a una arteria de la ciudad, se encuentran dos bares separados entre si por varios edificios de oficinas. El primero de los escondrijos se envuelve en un decorado sencillo pero llamativo. Los hombres que lo frecuentan son parados o con escasos recursos, pero suficientes para acudir al menos dos veces por semana. Lo regenta una mujer rubia de un amarillo marcado a fuego en la peluquería. Es la peor zona de la calle, con un simple paseo se ven seres taciturnos, a la entrada y la salida del falso bar. Siempre se mueve algo en ese tramo oscuro donde transitan las miserias.

En la parte más iluminada de la misma calle, está El  Black Night Strip Club. Es un bar underground que no tiene nada de contracultural y todo de marginal. Por el nombre sugiere innumerables posibilidades para liberar la fantasía. En el exterior parpadea el nombre del club, al ritmo de la excitación de los que caminan disfrazados de naturalidad y ocultan los sentimientos. Los más asiduos son personas con salarios estables, escaso bagaje cultural y pretendida educación. Es un bar de horteras y también un refugio de almas libres: raras personas soñadoras, apasionadas y amantes de la vida, todo ello rodeado de una estética kitsch. Marcelo trabaja en uno de los despachos próximos. Moreno, con incipientes huellas blanquecinas en patillas y bigote,  atractivo y estatura desapercibida, se acerca como todos los días al finalizar la jornada. Se encamina osado, con notable convicción y merodea fingiendo titubear, pero la decisión de acudir está tomada muchas horas antes. Al entrar se topa con la cortina de terciopelo y color granate, con una única abertura, desgastada por el manoseo de tantos gestos impacientes. El encargado le saluda con cordialidad y él se siente reconocido. "La chicas" se distribuyen estratégicamente por la sala y la mayoría se parapetan tras la barra de un mostrador, forrado de rojo, negro y abalorios dorados. En el interior apenas se distinguen los cuerpos de "las chicas". Casi todas visten con la misma hechura: ínfimas faldas de cuero negro rematadas en la cintura, más o menos cuidada, por grandes cinturones de charol rojo y mayúsculas hebillas, que reflejan la tenue luz del estridente fucsia del local. Entre todas destacan dos. No han dejado de alternar en el  local desde que abrió hace unos cuantos años. Los asiduos las llaman cariñosamente las SS.








Sandra es una mujer esbelta, de hombros equilibrados y espalda espléndida. Está sola, espera sentada en un taburete luciendo sus estilizadas piernas y un escote invasor. Sonia es una chica pusilánime y nada agraciada, lo que compensa con cantidades abundantes de maquillaje, es compañera inseparable y la protegida de Sandra.

Sonia está con un cliente. Espera que entre otro con mejores expectativas para ella. Inmediatamente le abandona con una falsa excusa y se acerca al recién llegado dando muestras de estarle esperando impaciente, le deja un beso carnoso y húmedo sobre su mejilla con la marca del carmín de sus labios a modo de mordedura de medusa y se pone una copa.  Así es Sonia, siempre al acecho.
   
Sandra siempre espera inadvertida, por su presencia, aparatosidad y fuerte carácter, . Solo cambia de actitud cuando es la hora de que llegue Marcelo. Desde su taburete está atenta a quién traspasa la cortina, mira el reloj, son casi la nueve de la noche. Marcelo se retrasa, suele llegar antes. Se mueve nerviosa, se coloca detrás de la barra, enciende un cigarrillo, coge una copa, se pone un poco de agua y dos hielos, simulando un vodka y se sitúa en el otro extremo que está en penumbra. Inquieta, no deja de mirar la puerta y el reloj que está junto a las botellas de whisky. Son las nueve y veinte. Su cara expresa un ¡por fin!, sin pronunciarlo. Marcelo entra azorado consciente de que se retrasa, busca entre las chicas y no la ve, hasta que aparece Sonia, la mira y la interpela gesticulando con los hombros con un ademán chulesco.




— ¿Y Sandra?

No le contesta. Con los ojos indica la parte oscura de la barra. Sandra surge de las sombras. Decidida va hacia él, que le coge de la mano y se sientan.

— No te esperaba. ¿Me pongo una copa?

— Lo tienes bien aprendido.

— Si te lo tomas así, no te molesto.

— Me molesta el tono que empleas y parece que quieras tratarme como a uno más.

— Para mí, aquí dentro eres uno más.

— Se te olvidan las promesas y las facilidades de otros momentos. 

— Lo que llamas otros momentos coinciden con los días que te sientes generoso conmigo. 

— Así es difícil que podamos hacer el viaje.

— Para salir de los momentos difíciles siempre empleas el dichoso viaje como excusa.

— Sabes que deseo hacer un largo viaje al sitio que prefieras. A una de esas islas con playas de arena suave y blanca, con un mar en calma...

— Ya estás soñando y repites siempre el mismo cuento. No te creo.

Sandra salta del taburete y se dirige resuelta a los lavabos tropezando con el pico del mostrador. Desaparece por el pasillo, llorando.

La confianza que existe entre Marcelo y 
Samuel, el encargado, hace que cuando nadie los oye, la llame por el verdadero nombre de Sandra, Mari Ángeles, que incluso Sonia desconoce. Samuel habla con frecuencia con Marcelo cuando ella no está delante.

— No debía decírtelo, pero Mari Ángeles solo tiene ojos para ti. Procura evitar a otros clientes y tengo que hacerle algún reproche con la mirada, entonces reacciona y finge estar solícita con él.

— Está bien. Sabes que estoy casado y quiero a mi mujer.

— Entonces ¿Cómo explicas tu actitud?

— Cuando llego aquí me transformo. Solo  puedo pensar en ella, estoy en sus manos.

— No me atrevo a decírtelo, pero piensa que de esta manera le estás haciendo mucho daño.





—  No sé qué hacer. No debería volver por aquí.

Samuel niega con la cabeza.

— No resuelve la situación. Ella te quiere.

— Lo sé, pero no puedo vivir así. Sé que le encantaría hacer un viaje, los dos. El sitio no importa, pero solos. Cuando hablamos del viaje se convierte en otra persona, me trata como a su verdadero amante. Me apetece hacerlo, pero tengo pánico. 

— Díselo.

—Me preocupa lo que sentirá Mari Ángeles al verse fuera de aquí. Entonces hará proyectos. Me preguntará por qué no lo dejo todo y construimos una vida lejos de aquí, fuera de todo esto. No soportará mirar al pasado.

— No lo espera. Pídele que te acompañe como si se tratara de un viaje de trabajo y le quitas importancia, una vez en el lugar que elijáis solo depende de los dos.


Sonia advierte que Sandra ha desaparecido hace más de diez minutos. Marcelo y Samuel dejan de hablar y están pendientes de Sonia. Bruscamente, deja el taburete y se dirige al lavabo. Se escuchan los golpes insistentes en la puerta y su voz gritando:

"¡Sandra! ¡Sandra! No lo hagas" 




Javier Aragüés  (febrero de 2018)