lunes, 25 de abril de 2016

LA TORMENTA

El mar permanecía estático.Sobre él, planeaban nubes algodonosas vestidas de verdes y morados. Presagiaban temporal. El viento se reforzaba. En el horizonte, un velero y dos tonos, un blanco incipiente y el gris siniestro. Largos silencios de la tripulación. La tensión era evidente. El viento ondulaba la superficie. Se reforzaba. Aparecían las primeras crestas blancas. Rompían el silencio. El oleaje, cada vez mayor, alcanzaba la cubierta. Chapoteaba y estibaba al azar pertrechos y cabos. Cristina y yo nos refugiamos junto al mástil protegidos  por los recuerdos.  




En nuestra memoria, cada septiembre, cuando aparecían las mareas, nosotros en el pueblo. El mar azotaba el paseo. El ruido se hacía ensordecedor y contundente  en cada embate. Los habitantes de la costa se exponían al vaivén del reflujo de deseos y soledad, nosotros nos refugiamos en el pueblo. Los rompientes envueltos por la espuma y teñidos por el verdirrojo de algas y sufrimientos alertaban a las parejas más débiles. Caminábamos abrazados por el espigón, entre charcos que sobrevivían hasta la siguiente ola. Temíamos ser raptados por las aguas o por el olvido. Al llegar a nuestro rincón de amor, el silencio. Una luz serpenteó en el exterior, seguida de un fuerte estruendo. La cortina de lluvia y el miedo cerraban la gruta. No podíamos salir. Estábamos obligados a esperar y  hacer el amor. Distendidos, nos abrazamos. ¡Qué distante estaba el velero! Cesó la lluvia. La luz en la entrada presagiaba un buen tiempo. El horizonte cambió los matices, con un azul infantil y otro intenso. Los dos volvíamos a ser jóvenes con ganas de navegar, sin miedos. Nos embarcamos. Llegó la tormenta y todo empezó de nuevo.


Javier Aragüés (mayo 2016)

No hay comentarios: