lunes, 14 de marzo de 2016

CRUZAR O NO CRUZAR

No hay marcha atrás, Akay recibe la cantidad convenida. Espero a las dos de la madrugada en la pasarela junto al yate de mayor eslora. Llego una hora antes con mi mujer y mi hijo. Vamos o no, dice el falso patrón. Quiero ver en él un marino experimentado. Desconfío. Nervioso, miro a Hala, mi mujer. Un grito desde la pequeña lancha reclama la atención. De prisa, los guardacostas están a punto de zarpar, dice. Me siento responsable de la decisión. Hala me mira. Protege a nuestro hijo Amhad, con sus brazos. Están tumbados y ateridos de frío, en el fondo de la neumática; para todos, un trasatlántico, el Libertad. El agua alcanza un palmo. Llega a las cabezas de las mujeres, que alzan a  los niños sobre su pecho. Seguimos órdenes de Akay, el negrero. Así podemos pasar desapercibidos, dice. Como  los viajeros de cualquier embarcación de  turistas que costea las playas turcas, aclara.











La travesía comienza desde el puerto turco de Bodrum . Mi mujer no entiende la manera de  abandonar la pesadilla. Se oye el silencio del discreto oleaje en la noche. A  mi alrededor, hombres somnolientos y  exhaustos a la espera de abandonar la vida. Akay al timón, susurra. No llevas dinero. No, digo. Me extraña la pregunta. Hemos pagado por anticipado el entierro o la pérdida de un ser querido. Me ofrece algo especial. No sé si escucharle. Disimulo y giro la cabeza. Busco otras embarcaciones con el mismo destino y  con capitanes de marina de la misma escuela que Akay. Me enseña unas prendas de nylon para mi mujer y mi hijo, en el caso que la embarcación naufrague, explica. Digo que son trozos de plástico de color amarillo. No tengo otra cosa, dice. Busco en lo más recóndito de mi maltrecha conciencia. Digo sí. Pago. La mar se agita, en la embarcación inestable, entra agua  por la proa. Los gritos de mujeres y niños se vuelven lamentos. Ellas no apartan los ojos del mafioso. Piden clemencia y venganza a la vez. 










El tirano ordena lanzar al mar todo el lastre. Indica el fondo de la lancha. Preguntamos, todo, dice, sí todo. El tono de voz es cualquiera, menos inaudible. Los más jóvenes no dudan. Zambullen a las mujeres e hijos que desaparecen tras la estela del navío macabro. Después el improvisado capitán los lanza a ellos. Los hombres de mediana edad lo piensan un momento, solo un momento. El resto se aferra a sus mujeres. El desalmado les anima con un último empujón a sus conciencias. Caen al mar juntos a sus parejas. Quedamos mi familia y yo. Aykel, el turco, me mira a los ojos. Sé lo que pide. Dos mejor que cuatro. Así pòdemos alcanzar el cementerio de las ilusiones con remordimientos y sin estorbos. Tienen falsos chalecos amarillos, dice, pero flotan. Me convence. Me agacho, cojo a mi mujer junto con Amhad en sus brazos y los lanzo al agua. Ya está. Soy capaz. Con un remo aplasto la cabeza del otomano. No tengo piedad. Giro el timón y vuelvo a la costa. Busco, desesperado, dos manchas amarillas en medio de la negritud de la noche y la del mar. Acelero el motor. Con dificultad recupero a Hala y Amhad. Mi hijo sigue en sus brazos como si se tratase de una sola figura. Llegamos a la playa, los dos con frío e hipotermia de cariño. Perplejos. Otras lanchas están a punto de zarpar con el mismo número de tripulantes apiñados a sendas bandas de la barcaza, los mismos deseos, un motor y un traficante de sueños al gobierno. El puerto de partida es el horror; la miseria y el hambre los de llegada. Todos en un mar de desigualdades a orillas de la ignorancia. Sin rumbo, pierden por el camino la dignidad. Las tibias solidaridades son insuficientes para hacer saltar las cómodas convivencias de otros ciudadanos. Todo sigue igual, todo, menos la verdad.



Javier Aragüés (marzo 2016)






lunes, 29 de febrero de 2016

LA RANA Y LA CALAVERA

La minúscula villa de la meseta se escondía bajo una masa estática y plomiza, una cúpula a punto de reventar. Un fulgor acompañado de gran estruendo dio paso a la lluvia. Ese día había mercado. Los pórticos de la plaza protegían a labriegos, artesanos y tratantes. En el lado opuesto, corrían dos clérigos tras un caballero. Los menesterosos, inmóviles, veían avanzar a grandes pasos a los tres privilegiados, que alcanzaron la Catedral de Santa María sin apenas mojarse. 











Los clérigos ocuparon su lugar en el coro y el caballero se situó en la nave central, en el lugar reservado a los nobles; las damas, en la misma nave, a la izquierda. La ceremonia, la ofició el obispo electo, en presencia del rey. Al finalizar el acto y desfilar la comitiva, los jóvenes monjes esperaban rezagados en el atrio, a la doncella de doña Leonor, la dulce Teresa. Los dos querían atraer su atención, se sentían cautivados por aquella mujer, sencilla y discreta; esta última era la virtud que valoraban para acercarse sin temor por su condición de siervos del Señor. Todos abandonaron el templo que también  albergaba la universidad.  La fachada de la puerta principal  estaba presidida por una lúgubre calavera y, sobre ella, una insignificante rana.  

Corría la leyenda que en las noches de lluvia, la rana se protegía en una de las cuencas del pulido cráneo. La lluvia corría por la fachada
de color ocre apagado, por las voces y la luz. Dejó de llover.

Doblaron, con rapidez la esquina del edificio de la universidad; los jóvenes se dirigían a la antigua librería de la calle empinada que conducía a la Plaza de las Escuelas. Iban a recoger los manuscritos que contenían los oficios de la orden para preparar las traducciones que Efraín, librero de origen judío, les había encargado. Los dos eran especialistas en lenguas latinas. A Teresa la habían conocido cerca de la Plaza Mayor, cuando los tres se refugiaban del inesperado aguacero. Ella, bajo los melancólicos soportales y con su dulce mirada, alentaba las insinuaciones de los jóvenes. Con el tiempo, Tomás y Teresa se volvieron inseparables aunque negaban cualquier relación sensual, admitían un vínculo espiritual y trascendente. Según ellos, eran meros compañeros de universidad, para Agustín había algo más. En una de esas tardes que quedaban con frecuencia en el mismo lugar donde se habían conocido,
Agustín, en ausencia de Tomás, aprovechó para preguntar a Teresa la  relación entre ellos.

-Si es cierto, somos algo más que amigos. Somos otros cuando no estás, me acompaña y solos, en el portal de la residencia, declaramos nuestra fidelidad- dijo con rubor.

-Lo entiendo, Tomas es más sosegado, paciente y creíble, frente a mi inquietud, ansiedad y  extravagancia. No te convengo-le dije. Esperaba una frase, algún gesto de ella que lo negara, que me diera alguna esperanza. No fue así. Volvió Tomas y sugirió.

-Podríamos ir a la universidad, en la biblioteca, avanzar las traducciones, mientras Teresa lee alguno de los clásicos religiosos, que tanto admira, y en particular la vida de Jesús como hombre.
Hicieron un descanso y fumaron un cigarrillo. Se conminaron a rastrear la fachada con más detalle. Agustín intervino.

-Mira Tomas, en lo que solo parece una profusión de filigranas, se esconden, inmóviles, seres vivos e imaginarios. Bajo esas formas, se emboscan la calavera y la rana. Toda un iconografía en piedra de color ocre atardecer-Teresa, atenta, releía la fachada.













Agustín dirigiéndose a los dos, comenzó a relatar.

-Corre la leyenda de que una rana salta a los cuencos de la calavera para protegerse los días de lluvia.  Hoy es un día propicio, está a punto de tronar y amenaza un chaparrón-Teresa seguía muy atenta el relato de Agustín.

Los tres esperaron hasta oír el primer estrépito y el ruido de la lluvia al caer por las gárgolas. Cada uno vio moverse la rana y ocultarse en uno de los cuencos del cráneo. No se atrevían a reconocerlo. ¿Quién  podría interpretarlo? Agustín aprovechó la ocasión para sorprender  a Teresa y  ningunear a Tomás.

-Lo extraordinario, además del salto del batracio, es que la calavera pueda hablar. La descarnada sesera relata una historia que  en la Edad Media cantaban los juglares poniendo voz al maestro en doblegar la piedra: “La rana y yo somos un símbolo para el tallador al trabajar la roca. La gente no entiende por qué tallo y tallo”. 
¿Qué mensaje nos deja? -Preguntó Agustín como si se tratara de adivinar un acertijo. La calavera lo resuelve poniendo voz al tallador:

"Los que vienen a ver la fachada, solo miran la calavera y la rana, así escondo mi identidad y burlo a la Inquisición que no llega a distinguir porque una fachada con medallones de reyes y de sus hijos, de nobles, de beatos hieráticos y personajes desconocidos; representa la resurrección de todos, y a la vez, pone de manifiesto que la resurrección es imposible, de hecho todos aparecen estáticos y petrificados. Al pasar los años los inquisidores interpretarán el mensaje. Desde el anonimato, solo soy  reconocible por el icono; he burlado a la Santa Inquisición,  La leve sospecha en este sentido y la finalidad de mi obra hizo que el Santo Oficio me acusara de hereje".

Agustín se escuchaba  y, a la vez, miraba a sus amigos. Para Teresa y Tomas la leyenda era verosímil, siempre que no se negara la resurrección de los muertos; como creyentes justificaban la existencia del Santo Oficio a pesar de las atrocidades cometidas en nombre de la Iglesia. Interpretaban que el discurso de la calavera y la movilidad de la rana tenían explicación siempre que se admitiera la intervención de Dios. Llegados este punto, Agustín defendió que verdad y racionalidad, eran inseparables. Era incrédulo hasta el extremo de que  solo su madre había conseguido desviar de su pensamiento agnóstico. 

Desde aquel momento la relación se enfrió, Tomás y Teresa hicieron sus planes juntos, mientras Agustín, sólo, caminaba a la radicalidad. Nunca olvidaron que una rana y una calavera, talladas en piedra, y la lluvia  habían esculpido sus vidas, sin posibilidad de escapar.

¡Ay de quién se acerque a la fachada del templo sin otra intención que encontrar la rana y la calavera!  Y si lo hace, que busque un día soleado.





Javier Aragüés (julio de 2016)

viernes, 19 de febrero de 2016

UN MAMUT EN LA BIBLIOTECA

Era una de esas de tardes sofocantes del mes de julio de 1.565, hasta los pájaros estaban paralizados por el calor. La minúscula villa de la meseta se escondía bajo una masa estática y plomiza, una cúpula a punto de reventar. Un fulgor acompañado de gran estruendo dio paso a la lluvia. Ese día había mercado. Los pórticos de la plaza protegían a labriegos, artesanos y tratantes. En el lado opuesto, corrían dos clérigos tras un caballero. Los menesterosos, inmóviles, veían avanzar a grandes pasos a los tres privilegiados, que alcanzaron la Catedral de Santa María sin apenas mojarse. Los clérigos ocuparon su lugar en el coro y el caballero se situó en la nave central, en el lugar reservado a los nobles; las damas, en la misma nave, a la izquierda. La ceremonia, la ofició el obispo electo, en presencia del rey. Al finalizar el acto y desfilar la comitiva, los jóvenes monjes esperaban rezagados en el atrio, a la doncella de doña Leonor, la dulce Teresa. Los dos querían atraer su atención, se sentían cautivados por aquella mujer, sencilla y discreta; esta última era la virtud que valoraban para acercarse sin temor por su condición de siervos del Señor.
Todos abandonaron el templo que también  albergaba la universidad.  La fachada de la puerta principal  estaba presidida por una lúgubre calavera y sobre ella una insignificante rana.  Corría la leyenda de que en las noches de lluvia, la rana se protegía en una de las cuencas del cráneo pulido. La lluvia discurría por la fachada de color ocre apagado por las voces y la luz. Dejó de llover. 
















Doblaron, con rapidez la esquina del edificio de la universidad; los jóvenes se dirigían a la antigua librería de la calle empinada que conducía a la Plaza de las Escuelas. Iban a recoger los manuscritos que contenían los oficios de la orden para preparar las traducciones que Efraín, librero de origen judío, les había encargado. Los dos eran especialistas en lenguas latinas. A Teresa la habían conocido cerca de la Plaza Mayor, cuando los tres se refugiaban del inesperado aguacero. Ella, bajo los melancólicos soportales y con su dulce mirada, alentaba las insinuaciones de los jóvenes. Con el tiempo, Tomás y Teresa se volvieron inseparables aunque negaban cualquier relación sensual, admitían un vínculo espiritual y trascendente. Según ellos, eran meros compañeros de universidad, para Agustín había algo más. En una de esas tardes que quedaban con frecuencia en el mismo lugar donde se habían conocido, Agustín, en ausencia de Tomás, aprovechó para preguntar a Teresa la  relación entre ellos.

-Si es cierto, somos algo más que amigos. Somos otros cuando no estás, me acompaña y solos, en el portal de la residencia,  declaramos nuestra fidelidad- dijo con rubor.
-Lo entiendo, Tomás es más sosegado, paciente y creíble, frente a mi inquietud, ansiedad y  extravagancia. Yo, no te convengo-dije. Esperaba una frase, algún gesto de ella que lo negara, que me diera alguna esperanza. No fue así.

Volvió Tomás y sugirió.
-Podríamos ir a la universidad. En la biblioteca podríamos avanzar las traducciones, mientras Teresa lee alguno de los clásicos religiosos, que tanto admira, y en particular la vida de Jesús como hombre.
Hicieron un descanso y fumaron un cigarrillo. Se conminaron a rastrear la fachada con más detalle. Tomo la palabra Agustín.
-Mira Tomás, en lo que solo parece una profusión de filigranas, se esconden seres vivos e imaginarios. Bajo esas formas, se emboscan la calavera y la rana. Toda un iconografía en piedra de color ocre atardecer-Teresa, atenta, releía la fachada.
Agustín dirigiéndose a los dos, comenzó a relatar.
-Corre la leyenda de que una rana salta a los cuencos de la calavera para protegerse los días de lluvia.  Hoy es un día propicio, está a punto de tronar y amenaza un chaparrón-Teresa seguía muy atenta el relato de Agustín.
Los tres esperaron hasta oír el primer  estrépito  y caer la lluvia. Cada uno vio moverse la rana y ocultarse en uno de los cuencos del cráneo. No se atrevían a  reconocerlo. ¿Quién  podría interpretarlo? Agustín aprovechó la ocasión para 
 sorprender  a Teresa y  ningunear a Tomás.

-Lo extraordinario, además del desplazamiento del batracio, es que la calavera llegue a hablar ¿la habéis oído? La descarnada sesera relata una historia que  en la Edad Media cantaban los juglares. “La rana y yo somos un símbolo para el tallador al trabajar la piedra. La gente no entiende por qué talla y talla”. Qué mensaje nos deja? Pregunta Agustín como si se tratara de adivinar un acertijo. La calavera lo resuelve poniendo voz al tallador:
"Los que vienen a ver la fachada, solo miran la calavera y la rana,  así escondo mi identidad y burlo a la Inquisición. No llega a distinguir porque una fachada con medallones de reyes y de sus hijos, de nobles, de beatos hieráticos y personajes desconocidos; representa la resurrección de todos, y a la vez, pone de manifiesto que la resurrección es imposible, de hecho todos aparecen petrificados. Al pasar los años los inquisidores interpretarán el mensaje. Desde el anonimato, solo soy  reconocible por el icono; he burlado a la Santa Inquisición,  La leve sospecha en este sentido y la finalidad de mi obra hizo que el Santo Oficio me acusara de hereje" 
Agustín se escuchaba  y, a la vez, miraba a sus amigos.
Para Teresa y Tomás la leyenda era verosímil, siempre que no se negara la resurrección de los muertos; como creyentes justificaban la existencia del Santo Oficio a pesar de las atrocidades cometidas en nombre de la Iglesia. Interpretaban que el discurso de la calavera y la movilidad de la rana tenían explicación siempre que se admitiera la intervención de Dios. Llegados este punto, Agustín defendió que verdad y racionalidad, eran inseparables. Era incrédulo hasta tal punto de que  solo su madre había conseguido apartarle de su posición agnóstica.
Desde aquel momento la relación se enfrió, Tomás y Teresa hicieron sus planes juntos; mientras Agustín, sólo, caminaba a la radicalidad.
A partir de entonces, nunca olvidaron que una rana y una calavera, talladas en piedra y la lluvia  habían esculpido sus vidas, sin posibilidad de escapar.
¡Ay de quién se acerca a la fachada del templo sin otra intención que buscar la rana y la calavera!  Y si lo hace, que busque un día soleado.


viernes, 12 de febrero de 2016

LA PIRAÑA DE PLÁSTICO


El veinticuatro de noviembre de 1962, Día de Acción de Gracias, un Ford Mustang de alquiler, destartalado y con matrícula de Houston, circula por  la carretera interestatal noventa. Una ruta con poco tráfico.  Zigzagueante en tramos y acharolada en los meses de invierno. Los tres ocupantes se dirigen a la ciudad de Beaumont donde vive la familia de Dylan. La cortina de lluvia no cesa. Las gotas borbotean en el asfalto. Austin imagina los charcos repletos de salmones y pirañas de plástico en los  improvisados remansos  Ensimismado con sus juegos de niño, se acomoda en el asiento trasero. Dylan y Jane, tensos, no quitan los ojos de la carretera. Crece la preocupación. Él duda si continuar o pasar la noche en un motel de la pequeña población de Winnie. O lo que es lo mismo, renunciar a la cena con su familia. Vivir un día tan especial en aquel rincón, estar junto a Jane, y Austin como observador. La lluvia decide.







MOTEL EN EL OESTE. EDVARD HOPPER 

El motel “REST”, tiene como mucho veinte habitaciones. Esta noche, todas vacías. Mss. Parker, recepcionista por obligación, bosteza. Nos pide un nombre para inscribirnos: “Scott. Dylan Scott”.
Mss. Parker recita: “Son setenta y cinco dólares la noche. El número del apartamento: el dos.  Hay que dejarlo libre por la mañana, antes de la diez y media ". Nos da la llave: “Si queréis comer algo, enfrente hay una cafetería, aunque dudo que esté abierta”. Se apoya sobre el pequeño mostrador y continúa durmiendo. Nos da una habitación con mobiliario deteriorado y de mal gusto. Cortinas mugrientas, una cama desvencijada con dos cojines inmundos. Un aseo y luz escasa.

Jane va al lavabo. Austin y  Dylan hablan.

- No sé lo que hacen las mujeres cuando van al lavabo.

- Austin, no me atrevo a generalizar. Hacen lo que tú y yo no sabemos. No pierden el tiempo. Piensan y se satisfacen a la vez. Yo solo puedo hacer una de las dos. Tú, ninguna. Siempre estás ausente.

Jane sale del aseo.
 
- ¡Pasa Dylan, pasa y cierra la puerta!- Jane observa  a Austin. Están solos.

-¿Jane, por qué me miras?







-Os he oído. Vives en tu infancia. Como dice Dylan, no puedes observar y poseer a la vez. Eres un aprendiz de voyeur- Austin enmudece. ¿Cómo justificarse ante ella? La ve como una piraña de plástico junto a un  salmón. No se atreve a tocarla por miedo a que ataque. Jane sigue hablando.

- Dylan es capaz de conseguir todo lo que se propone. Cada semana me invita cenar. Hablamos de lo que no tenemos en común.  Defiende la fidelidad en la pareja, yo no. Me atrae. Nos acostamos y no pregunta.

 Dylan vuelve al salón-dormitorio.

- ¿Habéis pensado cómo dormiremos?-Austin, en silencio, quiere seguir soñando con sus peces de plástico.

-Prefiero dormir en la moqueta. Tengo bastante con dos cojines.
Jane y Dylan se acuestan. La cama traquetea. Austin no concilia el sueño. Se levanta de madrugada. Bebe agua.  La pareja duerme.
Austin con un cojín en cada mano se acerca a la cama. Ve una  piraña y un salmón. Hunde los cojines sobre sus branquias hasta que dejan de aletear.

-Lo he conseguido. No son de plástico.

Son las diez cuarenta y cinco y Mss. Parker sale de su guarida. No ve el Mustang. "¡ Sinvergüenzas, se han marchado sin pagar !"

Deja de llover. El Mustang recoge a una chica que hace autostop.

-  ¿A dónde vas?-El conductor baja  a medias la ventanilla.


-  A Beaumont.

-  Yo también. Los amigos que venían conmigo se han quedado en Winnie. Ya sabes, “conociéndose”. 

- ¿ Cómo te llamas?

-  Me llamo Jane. 

- Es poco habitual encontrarse a alguien por estos lugares, y menos aún a una chica sola.

- Las pocas veces que he vengo me acompaña un compañero, Dylan.

- ¿Sois pareja?

Dylan y yo nos vemos en ocasiones- Ella se repasa los labios con un pintalabios rojo eléctrico.

Un coche de policía cruza a toda velocidad, con la sirena puesta.  

Un joven hace autostop en la carretera.

- ¿Podemos recogerlo?- el Mustang se acerca al arcén.


- ¿Subes?-el joven no lo duda.



- Me llamo Dylan-se acomoda en el asiento posterior y se transpone. Jane, por el retrovisor, no le quita ojo.

- ¿Podemos hacer un pequeño descanso en ese motel?- el coche se detiene. Jane y Dylan entran en el motel. Austin se mantiene unos pasos mas atrás. Abre el maletero y coge dos cojines.


Javier Aragüés (febrero 2016)


miércoles, 10 de febrero de 2016

REFLEXIÓN 1. Desde la antigüedad

"El único Estado estable es aquel en que todos los ciudadanos son iguales ante la ley." (Aristóteles)





lunes, 8 de febrero de 2016

EL PORTAL

En un beso, sabrás todo lo que he calladoPablo Neruda











  



El viejo portal de madera con dos cancelas, la del frío y la de la esperanza, era el vestíbulo de mi vida, del que no podía escapar. Allí transcurrían los acontecimientos en los que resultaba héroe o villano. El mármol vetusto de la entrada, con sus blancos y grises, era el campo de batalla. 
Crecía con mis amigos: Pablo y Nacho. Compartía juegos y hablábamos de las primeras novias. Disimulaba las inseguridades. Los primeros descubrimientos sobre sexolo nos los facilitó Nacho.

Gloria, su prima, licenciada en Biología y activista en aquellos años, frecuentaba los cafés “progres” de estudiantes y profesores. Iba prendida a una chapa negra serigrafiada, con letras blancas sobre su jersey: “STOP WAR IN VIETNAM”. A Nacho lo puso al corriente del sexo, y él a nosotros. Pablo y yo estábamos agradecidos. “Nos gustaría conocer a tu prima”. El viernes siguiente, Nacho se presentó con Gloria. Habíamos quedado en mi portal. Un portal impregnado de olor a tabaco y rumor de saludos. 
Cuando llegó Pablo  fuimos a un café próximo:  
“El  Comercial”, que ella conocía. El camarero la saludó con un gesto familiar. La prima de Nacho le hizo una seña:    “Mejor nos sentamos”. Eligió una mesa  junto a un diván bajo un gran espejo enmugrecido, sin azogue en las esquinas. Pablo se sentó a mi lado; Nacho y su prima, en dos sillas, enfrente. Pidió un café. Dio por supuesto que tomaríamos lo mismo, como así fue. Se dirigía a los tres con explicaciones y argumentos, gesticulando con las manos. Reclamaba la mirada. No dejaba de fumar. Dirigía una sinfonía de instrumentos en silencio. Pablo y yo sin parpadear. Los tres sometidos a su discurso. 
El monólogo discurría en  torno al amor libre y la necesidad de conocer y practicar el sexo. Repetía, una y otra vez: “Puede haber sexo sin amor”. Se ofreció a resolver dudas y preguntas. No las hicimos. El largo silencio se rompió con un socarrón: “Entiendo vuestra discreción”. La tregua se hizo eterna. Pensé que la tortura por el desconocimiento había acabado. Pues no. Sacó otro tema en el que se sentía más cómoda. El compromiso que se debía adquirir con todo lo relacionado con los temas sociales. Insistía: “Estamos alienados”. “Hay que someter todo a crítica”. “Utilicemos un método científico. El Materialismo Dialéctico”. Estaba sorprendido. Quería convencernos, espertar la simpatía por los movimientos de estudiantes. En este asunto nuestra pasividad fue mayor, por la mala puesta en escena. No podía contar a sus amigos -los camaradas- que había conseguido formar un circulo de simpatizantes. En uno de los gestos me miró, ignorando a Pablo. Una de sus piernas buscó la mía bajo la mesa del café. Gloria observó la expresión de Nacho en el espejo para asegurarse de que no notaba sus movimientos. Dejó de hablar. Dio por acabada la charla. Se las ideó para que Nacho y Pablo salieran primero. Se despidió con un: “Óscar, espera. Te acompaño”.







Me vi a su lado caminando en silencio hacia mi casa. Al llegar al portal nos detuvimos. Me habló de la importancia de madurar. Temí una continuación de la charla en el café.  Me preguntó: ”¿Te ha gustado alguna chica?”. No fui capaz de responder. Gloria insistió. “Sí hombre. Una compañera de clase, o una vecina”. Solo en aquel momento sentí la posibilidad de mantener  un tú a tú con ella.
“Sí, se llama Celia. Es una vecina. Ella no lo sabe. Vive en el cuarto piso de la escalera exterior, de las dos de casa, "la de los ricos". Si coincidimos, no soy capaz de mirarla.  Cuando estoy en el portal oigo bajar el viejo ascensor de madera y descolgarse por las poleas. Confío que nunca llegue. En elvestíbulo, dudo si abrir la puerta o permanecer inmóvil. Espero que pase a mi lado y se aleje. Sigo en silencio. Nunca se si es verdad o quiero vivirlo”. Gloria, sonrió:”Lo que importa es lo que quieres”.

Atardecía. La luz tenue de invierno y el silencio de la calle invitaban a entrar al portal. Fijó sus ojos en los míos. No sabía qué hacer. Me cogió de la mano y me estrechó contra su cuerpo.

Celia entró en el portal. Al vernos se giró: “Espero cada día tu sonrisa, una frase".

Se apagó la luz en el portal. 

Sentí una mano en la nuca. Noté que unos labios me besaron.


 Javier Aragüés (febrero 2016)

domingo, 31 de enero de 2016

LAS HOCES


Era una ciudad del interior. Insignificante. Me conquistaba. Destacaba en la rala meseta. El mobiliario urbano era escaso y deteriorado. Se repartía sin preferencias por aceras y plazas. Bancos y farolas recogían los testimonios sencillos de parejas sin exigencias. ”Marta te amo”, “Juntos para siempre” y otro, el que más se repetía, “Te quiero”, junto a dos iniciales separadas por un punto dentro de un corazón. Cruzado por un palote con cuatro trazos en el extremo. Símbolo de una flecha. Diana en la esperanza. También había un único parque pleno de signos de amor y un quiosco de música en silencio. En las estaciones favorables abundaban las parejas. Durante otoño e invierno vivía la soledad. Una estera de hojas y ramas humedecidas delimitaba los jardines. Desprendía un olor especial a musgo y hongos. Una neblina aromática rodeaba la corteza de los árboles. Atraía a los excéntricos y a los despoblados de ilusiones, y seducía a todos.
Aprovechaba unos días de respiro. Iba a visitar a los amigos de la adolescencia. Los que el tiempo convertiría en adultos sometidos. Recordaba a Leopoldo (Leo). Algo mayor que yo. Había influido en mis gestos y opiniones. Era como mi hermano mayor. Hacía gala de haber tenido un abuelo represaliado, Juez en la II República. Siempre, al encontrarnos, su brazo sobre mi hombro y el saludo habitual. “¿Qué tal Richi? ” Arturo, el mediano, entre Leo y Carmencita, era, con diferencia, el más gris de los tres. Carmencita, la más joven, siempre con un libro y muchos sueños. Redicha, explicaba sin rubor sus teorías sobre el sexo incipiente. Sus padres la escuchaban boquiabiertos. A mí, me avergonzaban sus palabras y mi desconocimiento. Durante años pasábamos muchos días de charlas y juegos. En invierno, en su casa, alrededor de la estufa de leña. Las novelas de Emilio Salgari pasaban de mano en mano y de boca en boca. “El Corsario Negro” era la más manoseada. A distancia “Los Tigres de la Malasia. “La Perla del Río Rojo” era la preferida de Carmencita. Disfrutaba con las luchas por la princesa. Era la que más leía. En un tono más repelente de lo habitual tomaba partido por Salgari frente a Julio Verne; decía. “Las de Salgari me hacen sentir y gozar. Las novelas de Julio Verne no me dejan imaginar”. Respetando las preferencias y las jerarquías dentro de los hermanos me dejaban escoger un libro. Al llegar mi turno, tenía que coger una novela de la balda que presidía la sala. Todos los ejemplares hacían equilibrios para no abandonar el estante. No elegía la que prefería. Evitaba que se produjera un seísmo de papel. La tarde acababa cuando el padre llegaba. “¡A cenar!” Gritaba Carmen. No había televisión. Yo remoloneaba hasta que llegaba la invitación. “¿Por qué no te quedas a cenar?” Alargaba el tiempo hasta que llegaba la sobremesa. Participábamos todos. La tertulia la conducían los padres, seguida de intervenciones de los hermanos; no se discutía el orden, ni los tiempos de los diálogos. Leo y Carmencita eran los que más hablaban, me invitaban a participar. Sin hostigar. Los contenidos giraban en torno a La Ilustración. En la tertulia de mayores, no participábamos, solo se permitía. Siempre se deslizaban las simpatías por el socialismo.








En primavera cambiaba el escenario. Paseábamos por la calle principal. “El tontódromo” era el deporte que practicaban los lugareños: calle arriba y, sin pensarlo, calle abajo. Las vueltas necesarias hasta agotar los saludos a los paisanos. Este ejercicio permitía identificar a los extraños con un gesto de sorpresa. Escaparates y portales acordonaban el circuito. Dos cafés provincianos, “El Colón” y “La Martina”, rompían la uniformidad. Un sábado, el año en el que Leo y yo estábamos a punto de entrar en la universidad, nos cruzamos con dos chicas. Algo mayores que nosotros. Parecía que sonreían. Entraron en uno de los cafés. Se sentaron. Miraban a través del ventanal para comprobar nuestra reacción. Al segundo paseo le hacía gestos a Leo para entrar en el Colón. Nunca lo hacíamos, no teníamos un duro, pero la situación era propicia: metí la mano en el bolsillo trasero del pantalón y rebuscando encontré unas monedas. ¿Tendríamos para pagarles el café? Empujé a Leo con seguridad. Ellas se habían sentado al fondo, en uno de los veladores, junto a una columna. Avancé sin dudar hasta la mesa. Como si hubiéramos quedado. Nos esperaban.

-¿Podemos sentarnos?- pregunté. Leo callado.

-Claro- contestó la más agradable.

Siguieron sentadas. Nos presentamos. Una de ellas tomó la iniciativa.

-Me llamo Alicia. Ella es Laura, mi amiga.

-¿Qué hacéis por aquí?

-Unos amigos nos han recomendado la visita. No nos arrepentimos.

-¿Habéis vistos las hoces? Impresionan. ¿Queréis que paseemos?

Nos levantamos a la vez. Ellas ya habían pagado.
Un camino adoquinado bordeaba la angostura del río. Callejas y callejones desembocaban en una senda. Leo y Laura se adelantaron. Le explicaba las peculiaridades de las casas. Verdades y leyendas. Tono engolado y suficiente, el habitual de Leo. Cuando estaban muy alejados, me detuve hasta perderlos de vista. Desde hacía rato que pensaba cómo decírselo. No me atrevía. Miré a Alicia, su cara infantil. Modelaba una sonrisa espontánea. Rezumaba ternura. Me invitaba a hablar de lo que esperaba de la vida. ¿Entendería mi agnosticismo? ¿Mi afán por defender lo imposible al lado de los sin voz? A luchar por ellos. Y lo más difícil. Mi heredada falta de cariño. ¿Me invalidaba para dar o recibir amor? Consecuencia u origen de mi enfermedad, el miedo a comprometerme. Alicia, en silencio, parecía interpretarme. Me refugiaba en su mirada. Buscaba su comprensión. Era como si nos conociéramos desde hacía tiempo. En ese momento parecía surgir una vocación, la de querernos. Recelosa, se acercó. Las expresiones hablaban. Su piel era cálida. La mirada fría. Por un momento deseaba que Leo y Laura no existieran. Nos separábamos de ellos. 
La invite al parque. No era un parque singular. Era mi parque. Los charcos habían desparecido. La estera estaba recogida, las hojas y las ramas en su lugar. A la entrada me confesó, sin mirarme:”Vengo de una mala experiencia. Mi chico me ha abandonado” Tropezamos con un árbol sexagenario. La corteza estaba llena de símbolos de amor. Uno de ellos incompleto, solo un corazón, una flecha, un punto y una sola inicial. La "A". Añadí una erre mayúscula. Alicia se giró. Ocultaba el rostro. Emocionada. Nos besamos.   


Javier Aragüés (marzo 2016)

lunes, 25 de enero de 2016

ELECCIÓN


…su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido

(Albert Camus)


El maestro le respondió.

…quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar la verdad.



No estaba preparado. Me aterraba que me arrancaran de mi vida onírica y de juegos. Hacía muchos años que me había instalado en ella. Llegado el momento, las presiones de mis padres y familiares me dirigían al abismo de la mediocridad. “Tienes que ser abogado como tus padres”,“Claro que están más reconocidos los ingenieros y arquitectos”, ”Como es un chico que vale hará lo que se proponga.”

En Madrid, corrían los años setenta, la escuela de ingenieros industriales recibía mis dudas.  Años y  cursos no coincidían. Surgía  una actividad voluntaria.  La militancia en un partido político. Luchaba por las libertades y contra el franquismo. Era la primera llamada. Cuestionaba la vocación impuesta. No me identificaba como ingeniero. Si como activista. Un cometido más arriesgado. Más vital. Con mayor capacidad de ser admirado. De hacer Historia. No era una profesión, era un estado de ánimo. En esta época interminable permanecía indemne el desequilibrio  entre mis obligaciones y el voluntariado. De nuevo presiones. La edad obligaba a estar socialmente disponible. Seguía sin estar preparado. Era inevitable  el paso por la milicia. Años insufribles. 






Gracias a la vida. (canción) 


Una imprevista dedicación los hizo  inolvidables.  Años pasados junto a iletrados en edad militar. El desarrollo de esta actividad no era un trabajo. Enseñaba a leer y a escribir. Vehiculizaba mis deseos. Era útil sin contrapartidas. La metamorfosis en aquellos jóvenes era la antesala de la culturización. La expresión de los rostros interesados por aprender compensaba cualquier retribución. Yo debía pagar. Destilar los momentos que expresaban agradecimiento contenido. Ojos  enrojecidos y lágrimas incipientes entregaban la gratitud.  Voces apagadas y trémulas removían mis creencias. Gestos esculpidos desde el olvido y la desesperación. Consolidaban convicciones. Empujaban a luchar. Ni ellos, ni yo, ocultábamos la excitación por un estado de ánimo desconocido. ¡Qué lejos de  los oficios mercenarios! Al final del periodo, la  vuelta a la realidad empujaba al conocido abismo de la insatisfacción. El desencaje social. La ausencia de notoriedad. La marginación. Me arrastraban al vacio. Perdía la memoria. Desaparecían los rostros iluminados de los que querían aprender. Me conformaba con el título profesional. No con la profesión. Era incapaz de mitigar la angustia; las insatisfacciones se reproducían. Era un profesional del fracaso. Las vivencias de aquellos años no eran intercambiables. Era un maestro improvisado. Ellos me reconocían. Yo, no.

Decían que el tiempo pone las cosas en su lugar. Mañana  lunes volvía al trabajo. Todo en su sitio. Mis ojos enrojecían. Húmedos y a punto de desbordarse. 

Javier Aragüés (enero 2016)


martes, 19 de enero de 2016

DOS EN UNO

Parecía un estado emocional y pasajero. Afectaba a un gran número de habitantes del planeta. De origen desconocido. Ponía en evidencia las incompetencias de sesudos investigadores desde la antigüedad hasta épocas recientes. Los antiguos griegos la describían, con ignorancia y respeto, como melancolía. La producía “la bilis negra”. Hipócrates la identificó como una enfermedad más allá de un “estado de ánimo pasajero”. Atacaba a muchos individuos que la padecían durante largos periodos de tiempo con independencia de género, raza o clase social. Tuvieron que pasar  años y años para no estigmatizar a quien la padecía.

Andrés dormía, o lo intentaba durante día noche. Así cada jornada. No era dueño de sí. Estaba sumergido  en un estado permanente de impotencia y desidia ante los hechos más cotidianos. Hasta el extremo de mantenerle alejado de una reinserción social. Había abandonado el trabajo por inactividad y ausencia de iniciativa. El jefe comentaba en los comités. “No sé qué le pasa a este chico. Desde que entró en la empresa en julio de1952, nunca había faltado al trabajo. ¡No sé, no sé! Ya no es lo que era”. Uno de de los compañeros comentaba con ánimo de minimizar la situación. “Nosotros puedo decir que casi somos  amigos. No me dirige la palabra desde hace tiempo, desde que pidió la baja. Desde entonces no sé nada de él”.

Nadie explicaba el comportamiento de Andrés.  Solo Inés intentaba entenderlo aunque padecía. Intentaba aliviar el sufrimiento de su esposo. La medicina en aquellos momentos conocía los síntomas de lo que ocurría, pero era incapaz de remediarlo. No había fármacos que pudieran reparar y recuperar al Andrés de antes.

Inés cada día iba al mercado a “hacer la compra”. Era el único tiempo en el que Andrés permanecía solo en casa.  Yacía en un sillón del salón completamente a oscuras. Catatónico, esperaba impaciente la llegada de Inés con el sufrimiento de no poder saber qué decir. Él ansiaba su presencia. El escaso tiempo de espera se hacía interminable. Inés abría con sigilo la puerta para evitar incomodarle. Al entrar ese día, el salón estaba completamente iluminado, y el balcón abierto. Andrés con un pie en la barandilla y el otro semilevantado parecía dispuesto a saltar.

-¡No, No! ¡Andrés, no lo hagas!

Sintió el olor de Inés. Llevaba tiempo sin percibirlo. La ausencia de sensaciones lo impedía. Se abrazaron. Un golpe de recuerdos irrumpió en el pensamiento de Andrés. Era capaz de querer. Se sentía querido. Listo para vivir sin ataduras.



Javier Aragüés (enero 2016)


martes, 12 de enero de 2016

ABANDONADOS

"En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior había un verano invencible" (Albert Camus)


El pelotón de partisanos reunido en torno a la débil hoguera espera a los jefes de la partida. Los hombres, reclutados entre los campesinos, de pie. Ellas, próximas a un fuego imposible. Viudas y madres de excombatientes sacrificados. Rabiosas y hundidas. Todos atentos a la ebullición del té en el samovar antes de entrar en combate. Su sangre  hierve desde que se produce la invasión. Anatoli y Dyrina comandan el grupo. En los escasos descansos, las proclamas mantienen vivas las ansias de los camaradas de entrar en Berlín. 

Ella habla  a las mujeres.

-   Falta muy poco para que estén  en nuestras manos. Menos aún para convivir con los muertos. Entrareis  las primeras junto a los recuerdos.

Los dos Invitan a todos a brindar. Sin fuerzas alzan los cuencos gélidos llenos de té hirviendo. Con los dedos semicongelados apenas son capaces de sujetarlos. Los cuerpos frígidos, a pesar del té y las arengas.

-  ¡Por nosotros! ¡Por  los camaradas que no están!







La estepa está jaspeada de hombres estáticos.  Abundan los soldados sin convicciones. Muertos en combate, de frio o de miedo. No hay espacio sin cadáveres. Muchos con la mirada perdida y rictus de querer vivir. Entre el ejército invasor hay combatientes expuestos a ideas antifascistas. Petrificados en las trincheras. Quieren y no pueden abandonar el puesto. Los mandos con el brazo extendido les gritan. Lanzan saludos y vítores. Ya nadie corea, nadie los sigue. No oyen. Quizás desobedecen o están muertos. El resto, azorados, espera órdenes asesinas. Se disipan en la llanura. Nadie las ejecuta. 

Los líderes de la guerrilla sucumben ante la desolación. Trasladan los pensamientos a la aldea en donde se conocieron. Los dos son maestros en un país de hambre. Sin alumnos. Sin argumentos.

- Podemos olvidar– Anatoli busca la complicidad de Dyrina. Ella ha perdido un hermano en la batalla de Stalingrado. Repite en voz baja: el rencor es antesala de la extinción. Él insiste.

- Intentemos recorrer el camino hacia la libertad sin manuales; sin mapas. La muerte no justifica los medios– la mirada de Anatoli descansa en los labios de Dyrina.

- Los dos luchamos por la armonía sin adjetivos-  él la invita a otra batalla. La conquista de la libertad con una única arma. El amor.

Es tarde, un francotirador acaba con la vida de Dyrina. Anatoli guiado por el odio es de los primeros en llegar a la puerta de Brandeburgo. Uno de los combatientes más sanguinarios no la olvida. Un fuego incipiente se apaga.  


Javier Aragüés (Enero 2016)