lunes, 18 de diciembre de 2017

EL CANDIDATO A FAMILIAR

Aunque no era primavera, me enamoraba como la mayoría de los bípedos. Para aclarar mi identidad he de decir que no era un chimpancé, aunque fuéramos de la misma familia de los homínidos. Lo que significaba, aunque me duela, que no dejaba de ser un primate mejor o peor evolucionado y desde luego, mejor que Eladio, del que me diferenciaba. No tenía más remedio que hablarles de él. Claro que para muestra de lo poco desarrollado que estaba, bastaba con verle. ¡Para mayor evidencia y confusión, amaba los cacahuetes! Eso, entre otros muchos motivos, nos había creado más de un contratiempo en las reuniones familiares, sobre todo las que tenían lugar en locales públicos. 

Recordaba aquella comida de Navidad, en el selecto restaurante FOOD FOR YOU, cuando al hermano de mi pareja, Cristina, el jefe de comedor le reprendió varias veces y por varias causas, entre otras, para que no echara las cáscaras de los manís al suelo y dejara de dar saltos por el salón agarrándose a las ostentosas lámparas de araña y, sobre todo, por lo que más le llamaba al orden, cuando se rascaba desmesuradamente, golpeándose el pecho con los puños y después de prolongados redobles, se pasaba los dedos de la mano diestra, una y otra vez sobre su cabeza  y se expulgaba como si se acabara el mundo. A veces continuaba su liturgia sobre la espalda del camarero que nos servía. Las escenas eran tan histriónicas que no solo abochornaban a Sulpicio, su compañera, y cuñada de Cristina. 

Sulpicio, como indicaba su nombre -a mí me lo parecía- era una mujer práctica, comunicativa y observadora, con facilidad para intimar, caracterizada por su honestidad y perseverancia. Había conseguido todo lo que se proponía, excepto enmendar a Eladio.
Sabía que todo esto producía hilaridad, pero laminaba la paciencia de Cristina, mi pareja, y destrozaba nuestras vidas; hasta el extremo de hacerme dudar de si debía revelar lo que pasó en la sobremesa de aquel día, en el frecuentado restaurante, después de que Eladio se excediera como nunca lo había hecho. Llegó a intentar aparearse con una de las camareras. Se originó un gran alboroto, y la mayoría de los clientes abandonaron el local escandalizados.  





El  maître  era un hombre pausado como exigía el oficio, vestido de negro elegante, rematado por una corbata de color luto y tacto, acharolado por los años y el roce, que le daba el tono sobrio y experimentado que exigía la profesión. En medio del caos, sin perder la compostura ni levantar la voz, simplemente con un  arqueo de cejas se dirigió a dos de los camareros. Ambos entendieron que debían retirar un rótulo discreto, enmarcado y amarillento, que  colgaba  junto a la guardarropía y en letras mayúsculas exclamaba: RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN. Al mismo tiempo, ordenó sustituirlo por otro, también en mayúsculas, de mayor tamaño que el anterior y que expresaba entre exclamaciones: ¡NO SE PERMITEN ANIMALES! Estampado sobre un blanco reluciente que llamaba la atención de su contenido por su pulcritud virginal. Durante toda la exhibición de Eladio, el jefe de salón no se inmutó. 

Pasó el tiempo, dejamos de vernos. Incluso pasaron meses sin saber nada de Sulpicio y Eladio. Hasta que un día en uno de los noticiarios de una cadena de "telebasura" se abría con la sorprendente noticia: 

"Una pareja mixta deleita a pequeños y mayores. Eladio el primate, acompañado de su domadora. ¿Se cuestiona la Teoría de la Evolución? "

Sulpicio no conforme con lo que había alcanzado con Eladio, pensaba dar un salto más, evidentemente no en sentido literal. Veía un resquicio para consolidar la posición de su gran amor, mientras leía en un diario vespertino:


 "Se necesitan candidatos a las próximas elecciones para un partido con gran implantación a nivel nacional"                            

Javier Aragüés (diciembre de 2017)                                          

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