viernes, 27 de marzo de 2020

UNA LÁGRIMA













UNA LÁGRIMA

Por Javier Aragüés (marzo 2010)
#MayoresCuentan
  
Nos sorprendió. Parecía distante. En el espacio, al otro lado del mundo. Y en el tiempo ¿En el pasado? ¿Quizás ulterior? pero jamás ahora. Algo nos susurraba sin atrevernos a levantar la voz, le respondíamos "no nos alcanzará". 

Los espacios se reducían y el tiempo era ayer. Los rumores dejaban de serlo. Hasta que el goteo se  acumuló para precipitar como titulares en los periódicos y en las cadenas de televisión. Primero aparecían confirmaciones, seguidas de  tibios consejos. Se iban redactando las precauciones. Sin parar de crecer los afectados se desencadenaron las primeras muertes. A las recomendaciones oficiales se solapaban las iniciativas populares. Se acopiaban alimentos y productos de consumo básico, pero que no había escasez de deseos. El día que se oficializó, no fue noticia. Las medidas no sorprendieron. Para nosotros fue  terrible. 

El peor escenario podría llegar, pero preferíamos pensar que les afectaría a otros. Era lo  que pensaba cuando les  hablé  por primera vez a los míos; Mabel, de pie, abrazaba  a mis dos hijos, apenas se contenía. 

En el día a día, teníamos que elaborar planes transparentes que apuntalaran el amor entre nosotros y el que dábamos a nuestros hijos. Lo habíamos logrado por la voluntad de los dos, tras  difíciles combates de entendimiento, pero hoy lo disfrutábamos. 

Llegó el confinamiento. Nuestros padres nos habían dejado hacía unos años, estábamos solos  para afrontar una desgracia y rodeados de miedos. No había  muchas alternativas. Solo era posible adaptarnos a estos tiempos de privacidad y aislamiento. La catástrofe anunciada desmantelaba todos los calendarios de intenciones, hasta parecía que el amor quedaba suspendido y lo más terrible para nosotros, se aplazaba el viaje, sine díe.

Lo había pensado muchas veces. Cogerme un año sabático y, junto a Mabel y los niños, dar la vuelta al mundo. Detenernos en cada país, hacer vida con los del lugar, entender sus costumbres y observar cómo se amaban. La forma de amar es universal y está  presente en los gestos de los seres sensibles. Cuando se mira a un niño, si le das amor, te lo devuelve con una sonrisa o un beso. Si es a la persona que amas, basta un gesto de complicidad para que  muestre su amor sin limitaciones, con todo su cuerpo, y acerque los labios a los tuyos con sosiego. Pero hay unas personas tan especiales que permanecen en silencio, que no se insinúan ni piden nada, son los mayores, padres o abuelos, que esperan que alguien les devuelva ese amor que han gastado, sin exigir. Basta  mirarles a los ojos que están fatigados de transitar por la vida y apenas pueden sujetar una lágrima. 

Ahora hemos tenido que suspender ese viaje. Lo haremos más tarde. Hoy el viaje es muy corto. Cada noche  a la ocho de la tarde me asomo a la ventana con Mabel y mis hijos, muchos aplauden. Un ligero roce a Mabel con mi codo y los dos buscamos a la pareja de ancianos frente a nuestra casa y nos encontramos con sus caras  tras el cristal de su ventana. Los dos, en silencio, sujetan una lágrima.

Por Javier Aragüés (marzo 2010)

jueves, 19 de marzo de 2020

EL SUBURBIO EN PRIMAVERA










Te encuentras en un barrio que no sabes dónde está, ni siquiera aproximadamente. Todos te miran. Eres una más. Te ven y ninguno te saluda, solo lo hace Santino pero para ti no cuenta, es tu amigo. El vendedor de periódicos, que nunca ha tenido quiosco, anuncia una tragedia como gran noticia, pero tú crees que está ocurriendo, eres parte de la anomalía. Todos miran y solo algunos se giran indignados, quieren abandonar el suburbio. Una pareja de ancianos espera pacientemente el autobús desde hace semanas para poder escapar y no sabe si debe seguir esperando o ha perdido la oportunidad; tú compadeces a los que tan solo miran, también a los ancianos pero no  puedes ayudarles porque a ti te pasa lo mismo. 

Estás en el suburbio, eres joven y tienes deseos de abandonarlo, porque piensas que es para toda la vida. No quieres subsistir. Santino te entiende.  En ese gueto parece que no hay pájaros, tú no los ves —Santino tampoco— sin embargo el murmullo te recuerda el trino de los que migran, que no son pájaros. Dudas si hay niños, no  hay risas, para ti es como si  solo oyeras lamentos. Tú tienes trece años, los mismos que Santino, estás en edad escolar, pero no vas a la escuela porque  es un día especial, para ti siempre lo es. Te acercas a recoger a tu hermano como todos los días. Te acompaña Santino, que te ha dicho  que en el colegio tienen la fórmula para poder escapar del barrio. "Los colegios son cárceles cuando los críos no pueden asistir, entonces el suburbio se extiende por todo el extrarradio hasta rodear la ciudad", te recuerda Santino. Sigues en la calle confundida;  los ancianos continúan a la espera, parecen no alterarse,  aunque ya solo esperan algo irreversible.

Una nube tupida de plumas negras se cuela en la barriada. Parecen pájaros, solo son sufrimientos. Lo mismo ocurre todas las primaveras, pero también en el resto de estaciones y  los mayores no se  acostumbran, porque nadie se somete, tampoco Santino. Los trinos se vuelven gritos. Los profesores, les dejan marchar  a sus casas. Los niños se agolpan en la puerta, corren con urgencia y caen. Tú no los puedes ayudar y corres también.  Tú asistes al más rezagado, que no es tu hermano, es Santino que ha crecido, tampoco es tu amigo; se levanta y no te espera. Todos se esconden tras el miedo. Sabes lo que pasa porque dudas, te lo dice Santino. 
Tienes una visión. Los profesores van todos uniformados con un traje color gris rata, no parecen docentes excepto el que está al frente que, aunque también lleva uniforme, es el que les manda. Ordena desmontar el colegio y prepararlo para habilitarlo como cárcel. De malas maneras, los hombres de gris recogen todo el material de las clases menos las risas de los niños. Tú no quieres ayudar, Santino tampoco.  

Tienes una edad en la que ya no se puede asistir a clase, pero puedes ir a la cárcel. Desde muy joven no te gusta jugar, a Santino tampoco. Porque no sabes, porque no puedes y ya no tienes  tiempo.  


Observas. Esperas otros tiempos. Te acompaña Santino.  Invariablemente, en el suburbio es primavera. 


Javier Aragüés (Marzo de 2020)





miércoles, 11 de marzo de 2020

EVACUACIÓN









El recrudecimiento de las guerras intergalácticas y la extinción de  los dos soles amenazaban la vida del planeta. La autoridad trataba  de organizar una posible evacuación de la población a otro planetoide. Apenas quedaban supervivientes de este sobrevenido cambio en las condiciones de vida. Por las exploraciones realizadas, se había llegado a la conclusión de que sería Dantooine el planeta elegido. Según los datos que se disponían, su  fauna y el conjunto de plantas aún no se habían visto dañadas por los cambios interplanetarios, aunque no había constancia de que la vida humana se hubiera podido desarrollar en él. Todo suponía un futuro incierto  y una alteración biológica que muchos de los afectados ya  no podrían soportar. 

Izar era doctora en biología interplanetaria y especialista en el estudio de nuevas formas de vida adaptada.  Conocía con detalle como la atmósfera en Umbara se había vuelto espesa y brumosa, que la hacía incompatible con cualquier vestigio de vida. Ella junto con otros biólogos y científicos habían previsto  que 3960 sería el año en el que se pondría fin a la subsistencia en el planeta y por tanto, las posibilidades de habitarlo por  los umbaranos. Era urgente planificar la evacuación que se estimaba duraría más de un año, por lo que se había previsto que se produjera un considerable número de víctimas  a pesar del meticuloso plan que habían elaborado los mandatarios del planeta Umbara. Izar formaba parte del Comité de Evacuación y había pedido ser voluntaria para abandonar Umbara en los momentos finales.

No era ajena a toda la conmoción que vivían  los umbaranos. Desde el centro de investigación conocía el alcance del previsible desastre, no era una más. Formaba parte de la élite de ese planeta y era consciente de que alguien debía conocer cuáles eran las últimas alteraciones en la forma de vida y asegurar la estabilidad en el nuevo destino. Ella se había dedicado con exclusividad a la investigación de los seres vivos y a su adaptación a condiciones adversas. Era conocedora de que  la población de Umbara se había formado como el único refugio de vida ante las consecuencias de la destrucción en cadena de un cinturón de asteroides del sistema estelar. Era uno de los secretos del planeta; solo el consejo de la República, integrado por científicos y militares experimentados, lo conocía. Se ocultaba expresamente al resto de la población para evitar que cundiera el pánico ante la evacuación.  





Se inició la retirada. Eran los últimos días del abandono de todos los lugares del planeta. El caos se extendió, a pesar de las meticulosas medidas de desalojo. Hasta ahora no habían surgido alteraciones del orden  en las largas colas que se formaban para embarcar en los transbordadores. Todo era civismo, pero en las últimas horas aumentaban los incidentes. Se produjo uno muy grave, que iba a ser el primero de una repetición incontrolada. Izar fue testigo. En una de las largas colas,  unos padres con su hija  se esforzaban para a subir a la nave, un hombre salió de la fila y los desplazó bruscamente. Se produjo una avalancha y varias personas murieron aprisionadas entre ellas la pareja y su hija.   Solo fue el comienzo.

Cada día los incidentes eran más numerosos acompañados de pérdidas de vidas. El propio Comité de Evacuación temía por su seguridad.  Las órdenes eran contradictorias.  Todos corrían en todas las direcciones para ocupar sus puestos. Los pilotos encargados del traslado de los expertos estaban desorientados. La confusión era de tal magnitud que las naves levitaban sin llegar a despegar. Nadie daba permiso para abandonar el espacio de Umbara. No se respetaban las órdenes de despegue. Las turbinas de las cosmonaves rugían dispuestas a arrancar. Izar  buscaba a su piloto. Él, le hacía señas con los brazos. Un grupo de incontrolados impedía el paso a la doctora. El piloto disparó varias ráfagas con su pistola magnetolaser para contener a la multitud.  Abatió a una pareja, que yacía heridos en la pista. Izar corrió a atenderlos. El piloto la arrastró hasta el transbordador, ella se negaba y le ordenó  transportar a los tres. Despegaron.
En el espacio surcaban infinitas trayectorias trazadas por los transbordadores que navegaban hacia Dantooine. Eran meros puntos luminosos. Destacaba uno rezagado, en el que navegaba Izar que estaba muy agitada. Tenía la información facilitada en los instantes finales antes de la evacuación. Se confirmaba que el planeta Dantooine está afectado.

Consultó los últimos datos de navegación y obligó al piloto a cambiar de rumbo. 

Una gran explosión intergaláctica transformaba la materia en energía. Las trayectorias desaparecían y los puntos luminosos también; pasaban a formar parte de una gran nube de radiación que alcanzaba al planeta de destino. 

En el espacio, oscuridad y silencio. Para Izar y los supervivientes todo empezaba de nuevo.


Javier Aragüés (Marzo de 2020)

miércoles, 4 de marzo de 2020

LAS BICICLETAS




La pandilla de las bicis



 

Me llamo Arnau. Todas las tardes, quedábamos a las seis en la plaza del pueblo. No teníamos que decirlo. Íbamos acompañados de nuestras bicicletas. Eran nuestras compañeras. Para todos eran más que un amigo o una amiga, era el colega que nunca te traicionaba. Tan importantes eran las bicis, que algunas sabían de nosotros más que nuestros padres. 


Yo, como uno más de la pandilla, cuando nos habíamos reunido, salíamos en grupo, pedaleaba según mi estado de ánimo. Si las cosas me habían ido bien —en clase había respondido acertadamente a las preguntas de la profesora— pedaleaba con fuerza y en seguida me ponía en cabeza. Casi siempre, el primero era yo. Había otros cuatro amigos que pedaleaban junto a mí, muy cerca, pero yo no les dejaba que me adelantaran.

 

Esa tarde, a la salida del pueblo nos encontramos con un hombre con traje negro gravedad, escaso de carnes, lentes redondas y pasos decididos. Lo que más llamaba la atención era su larga barba blanca desarreglada. Al llegar a nuestra altura, ni se giró. A todos nos llamó la atención. Nos detuvimos intrigados. Carla levantó la voz para que todo el grupo la oyera. Con los pies en el suelo y sujetando la bicicleta entre las piernas, comenzó a explicarse.

 

— ¿Queréis que nos distraigamos con  un juego de mayores?

 

Todos nos miramos intrigados y Carla enseguida consiguió que la escucháramos muy atentos. 

 

—Dinos en qué consiste, porque me temo que sea una tontería de las tuyas —le dijo Jordi.

 

Carla, algo molesta,  comenzó a explicarse.

 

—Es un juego muy diferente a los que estamos acostumbrados. Consiste en averiguar cuál es el oficio de las personas. Por ejemplo la de ese señor, y lo señaló mientras que el hombre se alejaba a buen paso.

 

Se oyó una voz al unísono de todos los chicos. "¡Pues vaya tontería!"


—No lo es —respondió Carla— porque cuando pensamos en la profesión de una persona es inevitable que nosotros  nos  imaginemos  ejerciendo nuestra profesión cuando seamos adultos. 


Carla se dirigió al grupo.


— ¿Sabéis qué preguntas tendríamos que hacer a una persona para conocer su profesión?  

 

—Bueno,  tú sabrás —le  gritó Eloy.

 

Las chicas se agruparon en torno a Carla. No decían nada, pero sus caras mostraban total desacuerdo con la contestación de Eloy.


Para que la situación no se complicara más, grité.


—Si corremos quizás podamos alcanzar al hombre barbudo y hacerle preguntas.


Yo, sin esperar, monté en mi bici y me puse a pedalear tan rápido que al cabo de dos minutos estaba junto a él. Los demás llegaron en seguida.


Carla se dirigió a aquel hombre.


—Buenas tardes señor. Me llamo Carla. ¿Cuál es su nombre? 


—Hola muchachos. Mi nombre no es importante, —con voz cálida y pausada, respondió— Son las personas  las verdaderamente importantes por su trabajo, porque mediante su profesión son útiles a la sociedad y la sociedad es la que les exige que sean buenos profesionales. 


El hombre se detuvo un momento. Parecía que no había terminado. Se hizo una pregunta retórica.


—Pero. ¿Basta esto? No. Como se dice en matemáticas, "es una condición necesaria pero no suficiente" —siguió hablando y puso un ejemplo para entender la diferencia entre necesario y suficiente de lo que decía.

 

 — Veamos.  Podemos decir que  un número es par, cuando es un número entero, es decir, 0, 1, 2, 3...  ¿Es suficiente? No. Además para que sea un número par se ha de poder dividir exactamente por dos, porque si no será entero pero no par.


Todos los chicos le miraban atónitos sin perder detalle.


—Entones. ¿Qué más les falta para ser buenos profesionales? — preguntó Paula


—Además, nos falta una categoría, la más importante. "Han de ser también excelentes personas" —enfatizó.


—Señor, lo podría explicar con un ejemplo.


—Es muy sencillo. Un médico puede ser un buen médico, el mejor. Esto es fácil saberlo. Cualquiera lo sabe o se puede enterar. Pues además de haber sido un brillante estudiante, ha de ser capaz de curar a los enfermos. ¿Es suficiente? No. Porque además ha de se una excelente persona. Y solo lo será cuando se muestre con los demás amable, cariñoso empático, tolerante, respetuoso, observador... Estas y todas las características que se os ocurran  serán necesarias para hacer conseguir un ser humano llegue a ser útil y capaz para vivir en la sociedad.


—¿ Y usted señor a qué se dedica? 


—Yo no tengo una profesión conocida, me dedico a aprender a ser buena persona.


—¿Lo ha conseguido?


—Jamás se consigue. Porque siempre encuentras a alguien del que tienes que aprender. Esta tarde por ejemplo he aprendido una cosa nueva. Los chicos de vuestra edad no son todos iguales. Algunos, como vosotros, tenéis inquietudes, imagináis, os detenéis a observar  y escucháis. Al hacer esto estáis aprendiendo a ser buenas personas, parece difícil pero no es así.


El hombre los miró con detalle. No olvidaría sus caras estaba seguro que estaba frente a un grupo de excelentes personas. Levantó su brazo diciendo adiós con su mano. El grupo al unísono gritó.


"¡Hasta siempre!"

 

 

 

Javier Aragüés  (marzo de 2020)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Javier Aragüés  (marzo de 2020)

EL BRILLO DE MIS ZAPATOS





Pintura, Zapatos De Van Gogh 




Tengo un recuerdo de mi infancia que no desaparece; el de aquella hora, la más importante para mí, al salir del colegio las tardes de los viernes. Al despertarme ese día, era como si todo brillara. 

Me daba la sensación de que mi caja de lápices de colores con su tapa metálica deslumbraba. Mi piel era tan brillante que al mirarla parecía que resplandeciese. Pero sobre todo me llamaba la atención el negro de mis zapatos; era como si resaltara al contrastar con el blanco de mis calcetines, que no dejaban de brillar. 

Pero el negro de mi calzado parecía tan especial que remarcaba las irisaciones de los verdes metálicos y el violeta azulado. Era como si quisiera confundir y disfrazara su verdadero color lúgubre, que me recordaba al plumaje de los cuervos y a la sotana del padre Cosme, la del cura que nos daba religión, que siempre la vestía de un negro sucio y rozado en los bolsillos. 

Reconozco que cuando recuerdo mis pensamientos es como si se me enturbiaran la tarde del viernes.  Entonces me parece sentir que experimentaba una  sensación en la que todo se volvía opaco y sin resplandor, como en las noches cerradas de invierno cuando no conseguía dormir porque tenía pesadillas y me despertaba sobresaltado al sentirme solo en casa. Yo estaba contento porque era viernes, y mi madre me vendría a buscar a la salida  del colegio.

La puerta del colegio  era un hervidero de voces de niños, de madres arregladas que gritaban sus nombres y agitaban los brazos para que fuesen junto a ellas. Ese griterío duraba minutos y a mí se me hacía eterno; al final, se convertía en silencio y el resplandor desparecía. 

Yo, como cada viernes por la tarde,  me miraba los zapatos,  que habían dejado de brillar.



Javier Aragüés (Marzo de 2020)