martes, 22 de enero de 2019

EL EDIFICIO DIÁFANO

Al entrar, en el hall sorprendía la mampostería de las paredes  guarnecidas con tableros de virutas de madera reciclada y el ensortijado de conductos de aireación de material corrugado gris purpurina que se sobrevolaba el techo, como el fuselaje de una nave espacial. Yo no perdía detalle y tampoco Clara, una compañera con la que coincidí. Era mi primer día de curso en ese edificio singular, de fachada acristalada y diáfano; un diseño atractivo para desarrollar cualquier aprendizaje.







El arquitecto había pensado la estructura para que las personas pudieran relacionarse en las salas de trabajo y en los espacios abiertos. En cada planta, un amplio corredor paralelo a la fachada a modo de gran corrala canalizaba la luz y aseguraba los intercambios de impresiones y chascarrillos. Yo exclamé: "Vaya, vaya, con el Centro". Clara me hizo un gesto de aprobación y complicidad. Cuando paseábamos por el pasillo, se detuvo instante.

—¿Te imaginas los cambios de clase? En breves minutos coincidiremos más de veinte personas. Habrá cruce de miradas y podrás hacer un rápido chequeo a las compañeras más favorecidas —me miró con cara de pillina.

—También será un buen momento para chafardear, pero breve, en el que todos nos sentiríamos cómodos —contesté.

La clase estaba a punto de comenzar. Empezaba un trimestre y asistíamos junto a otros compañeros. Habíamos cambiado de centro. La responsable, en parte, era, la tallerista. Había dejado de dar clase en el antiguo. La seguimos. Le teníamos un gran apego y cierta fobia al cambio. Clara era una de las integrantes del grupo, habíamos entablado cierta amistad. Comentábamos el día a día y chismorreábamos. Se brindaba a opinar informalmente de la calidad de los trabajos —de los nuestros y del resto— con ironía contenida y sana. Ella era mucho más prudente que yo. 

— Creo que exageras. No está escrito con ánimo de agradar. Le sale así porque es ingenua —me comentó en voz baja cuando una compañera terminaba de leer su relato.

—¿Pero no ves que cara pone? Sonríe por cualquier cosa que dice "la profe", aunque no tenga gracia. —yo intentaba que se sumase al comentario.

—Yo creo que ella es así, no tiene maldad. —ella contestaba comedida.

—Clara no me digas que no se le nota que todo lo que explica Liliana le parece palabra de Dios.


Cada vez que salíamos al pasillo yo encontraba similitud con la gran corrala, porque me recordaba Madrid. Clara, en parte, estaba de acuerdo conmigo. Me contestó: "Ahora que lo dices, sí, tiene un cierto parecido. Pero desde luego el ambiente no es comparable". Sonrió.

Sí, debía decirlo antes de seguir. Yo nací en Madrid. No hacía alarde, ni ejercía como tal, o al menos eso creía yo. Era una circunstancia chocante en este país, cuando menos era una extravagancia y formaba parte de mí. Si lo sabían, provocaba más de un comentario, y en los casos más favorables se modulaba con educación: "¡Anda mírale!", como si fuera un espécimen en extinción. En este sentido Clara se sentía identificada en parte. Ella tampoco había nacido aquí. Su opinión la consideraba y me alegraba que fuera compañera en este curso que estaba a punto de comenzar.




El primer día al salir de una clase, me crucé con él en el pasillo. Me sorprendió. Era un hombre maduro, calvete, enjuto y reducido; de cara apergaminada, barba tupida y sonrisa fácil. Al verle, pensé en el prototipo de actor que podría interpretar un personaje malvado en cualquier película y con tufillo a estar curtido en los ambientes políticos. Él formaba parte de un corrillo, yo le veía de perfil. Sus rasgos me provocaron curiosidad. Al repasar su aspecto e indumentaria —vestía chaqueta oscura, pantalón vaquero y camisa sport — me hice un esquema de cómo podría ser, como si le conociera, pero no sabía nada de él. Tenía porte de intelectual, de la cultureta y aspecto desenfadado. Su estilo era muy personal, no dejaba de hablar y destacaba en el corrillo. Se giró súbitamente como si se percatara de que yo le miraba. Al verle de frente, tuve que contener un: "¡Toma. Ya está! ", que para mí lo explicaba todo de forma trivial. Un gran pin metálico, amarillo indeleble, prendía de una de las solapas de su chaqueta. Decía algo —para mí todo— que hasta ese momento, por su posición en el corredor, no parecía evidente. Lo comenté con Clara. Me respondió en seguida: "No me he fijado. Pero lleva un lazo amarillo. Otro más".Clara, respecto a este tema, pensaba un poco como yo. No se identificaba con determinadas posturas.

Al estar él de perfil, el logo amarillo me había pasado desapercibido. Pensé que al mirarle, yo hacía un gesto ostensible de reparo, pero él fue generoso y me mostró una sonrisa amplia y
sincera, que regalaba amistad a cambio de nada. Me ganó e hizo que se tambaleara mi opinión precipitada.

Según pasaban los días del curso y Pere Taulada, así se llamaba el sorprendente compañero, me daba muestras de lo que en este país se entiende por estar dispuesto a tolerar, a admitir y a ver al otro por lo que hace y no por lo que parece; en resumen a verle como realmente era.

Desde ese día intercambiábamos los relatos por internet —íbamos a grupos diferentes—  lo hacíamos a hurtadillas y los dos esperábamos los comentarios del otro. Él, sin saberlo, me ayudaba a escribir y a respetar.

Cuando repasaba el primer encuentro que se produjo en aquel pasillo y me ponía a escribir, cavilaba si fue casual o era el primer paso para admitir nuestros gestos, para poder descubrir nuestro verdadero porte y lo más importante, para aprender a convivir. Era más fácil liberar una sonrisa de generosidad que apretar los labios y negarse a entender. Otros —con o sin pin— seguían encerrados y obtusos. Clara si conociera los detalles quizás pensaría como yo.

Yo esperaba cada día el momento de encontrarme con Pere, en en los pasillos de aquel edificio diáfano y transparente, para comprobar que nos reconocíamos y para poder intercambiar la sonrisa cómplice, esa que nos había acercado. Desde entonces miro y escribo de otra manera.


Javier Aragüés (enero de 2019)




lunes, 21 de enero de 2019

SALA DE ESPERA

En en medio de un paisaje blanquecino se levantaba solitario y abandonado  un viejo apeadero de ferrocarril. En la improvisada sala de espera nos resguardábamos una pareja de ancianos de aspecto enfermizo y yo. El único elemento que parecía tener vida era una estufa descomunal de hierro fundido que no dejaba de consumir leña, parecía que hablaba, pero tan solo crepitaba. 

Yo esperaba un tren que debía llevar a
encontrarme Ana tras varios años de separación. Tenía unos días de permiso después de mi ingreso en el hospital. La única puerta cerrada que había en la sala se abrió de golpe y un hombre uniformado irrumpió. Sin dudarlo se dirigió a mí como si me esperara. Me pidió la documentación de malas maneras. Me hurgué en uno de los bolsillos de mi tres cuartos color caqui que dado mi aspecto físico y mi complexión parecía sobrevolar mi cuerpo. Encontré los papeles y sin mirarle tendí la mano y él me la arrebató; fingió que la comprobaba y repasaba mi rostro. Levantó las cejas, me miró con desprecio y me la devolvió de mala gana.





—¿Vas a Múnich? —me inquirió.

—Sí —le contesté sumiso.

—No sé si llegaremos con este tiempo —dijo utilizando un tono como si deseara que fuera así.

—No tengo prisa, lo que me importa es llegar.

En el exterior hacía un frío incompatible con la vida. El hombre se alejó de mí buscando el calor de la estufa. Al llegar muy cerca extendió las palmas de las manos y se las frotó una y otra vez.  Destacaban los galones de la bocamanga. 

Yo saque de uno de los bolsillos de mi gabán un papel arrugado, era una carta de Ana que me había enviado antes de caer herido. Yo la leía en cualquier momento si cesaban el estruendo de los cañonazos. Me contaba la penurias que estaba pasando, que me quería y que tan solo soportaba todo aquello por la esperanza de encontrarme vivo. En la carta, algunas palabras aparecían difuminadas por lágrimas que yo no había podido contener. La más alteradas eran:
volver, tiempo y vida, esta última varias veces. 
El vuelo de una mosca, superviviente del frío y los desastres, que merodeaba el papel reclamó mi atención. Intentaba posarse sobre unos restos resecos de rancho junto a una mancha de sangre incrustados en la hoja. En ese momento,
la estufa y la mosca eran para mí los únicos vestigios de vida. La pareja de ancianos abrazados se daban calor, sin manifestar apenas señales de vida. 

Entró el hombre de nuevo, se dirigió a mí y con el ceño fruncido me soltó: "No podrás llegar a Múnich. Un intenso bombardeo ha destruido las vías. La ciudad está en llamas y prácticamente ha desaparecido." Las palabras de aquel hombre cayeron sobre mí como una lluvia de plomo. Pensé en Ana, mi amor. Sentí que la realidad implacable me anunciaba que no nos volveríamos a ver. 

Levante la vista. Ante mis ojos, en el suelo yacía la mosca muerta y la pareja de ancianos en un banco ya no se daba calor.



Javier Aragüés (enero 2019)







jueves, 13 de diciembre de 2018

LA CLARABOYA

Picasso

Al abrir la puerta, un haz de luz insolente entra por la cuadriculada claraboya que controla todo el espacio. Es el gran vigía. Una sofisticada estructura la mantiene suspendida del techo mediante una red tupida de nervios de plomo. La luminosidad muestra sin pudor los cuadros ladeados que se encuentran en un estudiado desorden y reposan en las paredes de yeso azulón.

Todo lo inanimado en el taller de Pablo cobra vida. Cuando cada día entramos en el estudio —jamás nos separamos, somos uno—  lo hacemos con sumo cuidado para no perjudicar las telas. Hay pinturas frescas, churretes de óleo recientes en los caballetes y otros que, endurecidos por el tiempo, se han convertido en imborrables. Una percha desvencijada sujeta dos batas sucias, jaspeadas de pigmentos y rígidas por el uso; en apariencia muda, pero desde su posición y con sus gestos formula una pregunta o un acertijo: "¿Somos nosotras —las batas—  las que sujetamos la pared, o es a la inversa?" 


Entre los elementos a la vista abundan los bastidores. Son los únicos que trabajan silenciosos en su tarea inagotable de tensar las telas. La mayoría de ellas vírgenes, esparramadas por el suelo y con síntomas de abandono. Son innumerables los armazones que esperan ser arropados por los lienzos. Se muestran desnudos sin otro cometido que esperar. Algunos privilegiados descansan sobre los caballetes a la espera del pintor. 

Por supuesto hay cuadros iniciados, atentos a un golpe de inspiración que si no llega, están condenados al olvido. Los más importantes para Pablo, son los pocos que él da por acabados. 


Pablo apila las pinturas que esperan en silencio el turno para ir a la galería, como si tuvieran vida, porque todas tienen algo que reclama su atención. Le gusta  —nunca lo admite—  mostrar lo que considera la obra bien hecha. La descubre pero no la enseña, es su lema. Eso sí, puede cambiar de preferencias en un instante. 

Pablo y yo nos conocemos desde siempre. Se puede decir que yo soy Pablo; aunque él me reniega, me necesita. Sabe lo que represento. Sin mí no sería él. Nunca han existido secretos entre los dos y siempre sabe lo que pienso. 

Desde que inició su afición por la pintura 

ingresó en la Academia de Bellas Artes, hemos 

dedicado muchas tardes, incluso noches, a debatir

un solo asunto. Pablo siempre con la duda de si

debía dedicarse pintar. Yo, desde una posición

más distante, le recomendaba pragmatismo y que 

no confundiera lo que era una afición con la 

manera de ganarse la vida. Pero siempre se salía 

con la suya y yo quedaba tapado, en segundo 

plano. En situaciones adversas le advertía y era él 

quién me ignoraba. Por eso no soy más que una

voz, la de su otra conciencia. De hecho mi

profesión ha sido asesorar a Pablo, cuando se ha 

dejado  —casi  nunca. He sido el murmullo que no

ha querido oír.










Cuando entramos, el taller nunca parece el mismo, cambia de aspecto. La que siempre está ahí, en lo más alto es la claraboya, que desde su posición recuerda a Pablo, que él es el pintor y tiene que dar  forma a su talento. Se comporta como si la entendiese. En cualquier momento mira al techo y habla solo y murmura. 


—Los artistas somos así, escrupulosamente 

desordenados, ególatras y soberbios. Estoy harto 

de repetírtelo. El estudio está desordenado porque me gusta que cada día, el entorno de trabajo sea nuevo. Me inspira. 

Sigue con la retahíla de sus endebles razones y 

continua susurrando. Me obliga a intervenir y solo

me oye él.

— Pablo no te engañes. Lo repites siempre que critico tu forma de organizarte, pero el único responsable eres tú. Pretendes hacer de tu desequilibrio y limitaciones una virtud.  —Mira con descaro y continua rígido e inmóvil, simulando ser un modelo en el taller. 

Hoy  —como otros muchos días—  con malas formas, manifiesta que no quier recibir a nadie, que nadie le moleste. Es un atributo con el que se inviste para hacer creer que es un artista reconocido. Es un juego y ahora me obliga a intervenir.

—Adoptas ese aire displicente y soberbio, pero eres tú el que se engaña. Hoy no estás inspirado. 


Lanza una mirada encolerizado, en búsqueda de réplica que no encuentra. Se enfurece más. Con una mano sujeta la paleta en la que reposan los 
once colores básicos, aunque le apasiona abusar del amarillo cadmio. Los pigmentos están maltratados, destrozados sobre la pala. Reflejan su impotencia ante la falta de inspiración. Ataca los pinceles con sucesivos embates nerviosos. En una mano coge—estrangula— la paleta y tres pinceles. Con la otra, ayudado por uno solo, simula tomar medidas en el aire. Aleja y acerca la mano con el pincel a la tela, sin atreverse a rozarla. Compara tamaños y distancias. Pasan unos minutos sin pintar, solo insinúa los trazos. Agotado, suspira, se sienta en un taburete y suelta la paleta y los pinceles. Se mesa los cabellos con las dos manos y en esa posición  no deja de cuestionar su falta de inspiración. Se toma un descanso. De nuevo habla solo.

— ¿Puedo saber que miras?

— No dejo de contemplar el cuadro. Bueno si es que a eso se le puede llamar así.

— ¿Cómo te atreves? Tú, que te plantas ahí a opinar sin saber lo que es coger un pincel. 


—Pero sé de lo que hablo. Después de tanto tiempo intentándolo, tus pinturas no pasarán a la historia como una obra con personalidad. Tu trazo no es firme. El conjunto es mediocre. Detrás no hay un gran pintor. No dejas de ser un copista, pero nunca serás un reconocido maestro. Deberías considerar mi opinión y dejar todo esto. Admitir que ha sido un error dedicarte a pintar. No es lo tuyo. 

— ¿Cómo te atreves? De no ser por mí, tu vida sería un sinsentido. Te sientes importante al hablar

de pintura, te muestras como un gran entendido en

arte y solo eres capaz de apreciar lo evidente. Con 

tus conocimientos solo sirves para opinar en las 

tertulias de café. No eres crítico de arte, eres un

parlanchín.


Pablo encolerizado mira al techo. La claraboya le escruta. Con rabia, tira algunas telas al suelo.

Cuelga la bata, da un portazo y salimos del 

estudio.  




Picasso




Pablo lleva sin salir del estudio unos cuantos meses, se ha encerrado para pintar sin descanso. 

Prepara una exposición. Cada día mira al cielo. 

Hace mucho tiempo que yo no le hablo. 


Ahí en lo más alto está ella, silenciosa, que deja 

pasar la luz y la inspiración. Pablo solo pinta y

repasa los cuadros acabados. Él, los contempla y

se recrea en el desorden. 

El gran ojo de luz implacable está ahí. Atraviesa el techo sin permiso. Ignora los nervios de la estructura. Se posa sobre uno de los cuadros. Pablo mira desafiante a la claraboya. Coge de

nuevo paleta y pinceles y asalta la tela con

seguridad. Con gestos eléctricos proporciona

trazos firmes, reparte colores vivos y se aleja del 

lienzo. Un gesto seguido de un pequeño retoque 

y lo da por acabado. Un última mirada y con trazo 

seguro firma su obra maestra.

Pablo levanta la frente, mira a la claraboya y grita: "¿Soy o no un artista?" Como es lógico, no espera ni necesita contestación. Pablo y la claraboya me han enmudecido. 

Mañana vuelve solo al taller, ya no le hago falta.


Javier Aragüés (diciembre 2018)



sábado, 8 de diciembre de 2018

EN ESOS DÍAS.





Todo esto parece imposible vivirlo con la misma intensidad, desde lugares con climas cálidos. Los aditamentos que favorecen el cobijo, la sensibilidad y el cariño desinteresado; fomentan "el lastimeo" y la puntual e insuficiente solidaridad. Quedan más y mejor instalados si se hacen compatibles con el frío y mejor, con nieve.

Claro que son muchos los elementos que configuran el decorado adecuado, son tantos —innumerables— como sensibilidades. Ante dramas cotidianos se orquestan —en esos días más—  campañas de humanidad artificial para ablandar a los ciudadanos, y lo más importante, extender el sentimiento de culpabilidad entre las personas.

Para muchos, es una persona insolidaria quién no deja vencer su voluntad por algún homeless con la mano extendida y adecuadamente situado; ya sea a la salida del metro o en la puerta de una iglesia y mejor, a la entrada o salida de un hospital. Hasta se atreven a hacer campañas con imágenes de niños y niñas con hambruna. Fotografías reales de gran tamaño con una lágrima definida que arranca a romper.

Aunque este año parece que se extiende por parte de las instituciones, secundadas por algunas ONGs, el exhibir en grandes vallas publicitarias algún emigrante —mejor un grupo— ataviado con colores chillones —"beneton". Predomina el anaranjado estridente de sus chalecos salvavidas. Contrasta con el gris húmedo y brillante de la lancha neumática sobreocupada y que en sus mofletudos flotadores cuelgan los pies desnudos de hombres y mujeres sin futuro. En todos sus rostros una mueca que expresa piedad sin condiciones.

El esfuerzo humanitario, si es que se produce, se concreta en un donativo que tranquiliza conciencias y que, según dicen los organizadores, desgrava. Lo que es seguro es que nadie está dispuesto a cambiar algo en sus vidas, para que las caras de esos seres que han dejado de ser personas puedan dejar de ser lastimeras para siempre.

Ernesto intenta ser convincente con Frida, mientras que ella recoge a Akani, que flota sin vida junto al velero.


Javier Aragüés (diciembre de 2018)

viernes, 30 de noviembre de 2018

RELOJ DE BOLSILLO






Querido señor Germain:

He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le mando un abrazo de todo corazón.

Albert Camus

Era puntual, seguía con fidelidad lo que marcaban las agujas de su pequeño reloj de bolsillo. Aunque no estaba de moda, don Olegario y él eran inseparables. Adoraba sus formas redondeadas, los rebordes romos que manoseaba a menudo y las inquietas manecillas que observaba con detenimiento. Obligado a llevar chaleco, don Olegario lo ocultaba con cariño, en un disimulado bolsillo de ojal del lado izquierdo. Mostraba sobre un costado una pequeña correa de cuero, combada y abrochada junto a un botón central. Cuando entreabría la americana, levantaba los brazos, semidoblaba los codos e introducía las manos en las hombreras y en esa postura, insinuaba el reloj y hacía de don Olegario, además de un querido maestro, un hombre entrañable. Don Olegario aprovechaba cada momento de soledad y parecía hablar solo, con su reloj en la mano, mientras le miraba iniciaba un silencioso diálogo.

— ¿No te cansas de acariciarme? 

—Si lo hago es porque lo necesito. Formas  parte  de mí —decían sus ojos cansados.

—De acuerdo. Pero al tocar mi cuerpo de metal, a veces frío cuando me dejas en la mesilla por las noches, ¿no te das cuenta de que soy un simple objeto? 

—Tú eres el resumen de mi vida. Lo sabes todo sobre mí. Siempre juntos. —Lo expresaba moviendo sus dedos.

— ¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?

—Claro. Era mi cumpleaños. Laura, mi mujer, me acercó una caja pequeña, de terciopelo negro, con cierre articulado que cuesta vencer. Abrí el estuche y allí estabas tú, de golpe, sin presentarnos. ¡Qué ilusión! Tantos años que esperaba tener uno...  


— ¿Recuerdas aquel día, en el salón de actos del instituto?

—Fue un día especial. Estaban todos mis compañeros y algunos alumnos, que eran hombres respetables. El director dijo mi nombre y me invitó a pronunciar unas palabras desde el atril.

—Recuerdo que te costaba hablar, se te apagaba la voz, hasta parecía que tartamudeabas.

—No hombre, es que me emocioné. No esperaba un homenaje con tanta gente en el día de mi despedida como maestro. Sí, es cierto, me emocioné, sobre todo en el momento en que el director dijo: "Te recordaremos como el profesor dedicado a la enseñanza, que no esperaba nada a cambio. Tan solo el reconocimiento de sus alumnos". No me pude contener. Y comencé a llorar delante de tanta gente.

—Tengo un mal recuerdo del día que te caíste.

—Sí, esa es otra historia. Pero vamos, que son las dos, se nos hace tarde. Hay que volver a casa, Laura tendrá la comida preparada. 

Olegario guardó con delicadeza, el reloj en el bolsillo de su chaleco. Caminó por el paseo sinuoso, que cada día se le hacía más cansino. Al llegar a casa exclamó:"¡Laura! ¡Laura! "

Pasó un buen rato. Echó la mano al bolsillo de su chaleco, miró la hora y pensó: "Qué raro, me parece que hace días que Laura se retrasa".    


Javier Aragüés (noviembre de 2018)









martes, 20 de noviembre de 2018

LA PRIMERA LÁGRIMA





La ciudad estaba desierta. A un lado, el río discurría impetuoso por su cauce y al otro, la ciudad dormía. Eduardo al correr, despertaba los charcos; rompía el reflejo de las luces tenues que reposaban sobre el agua y no paraba de correr tras Paula. Ella, al advertirlo, aceleró el paso. Corrió sin mirar atrás, sin detenerse. El cansancio le atenazaba. Giró la cabeza y no vio a Eduardo. Miró a uno y a otro lado, se aseguró de que no la seguía. Continuó con el paso apagado hasta llegar a una plaza desierta, de la que arrancaba una gran avenida. Era un largo paseo custodiado por hileras de árboles perdidos en el infinito que en primavera refrescaban la ciudad.


Amanecía. En las primeras horas del día se veían algunos ancianos matineros, sentados en los bancos de madera del paseo. Dos de ellos hablaban con sosiego.

—Recuerdo cada primavera, la avenida abigarrada de cafés y terrazas vacías, que en los días de fiesta, se atestaba de gentes. 

—Ahora en otoño, el sol luce débil. Lame las aceras y lucha sin éxito para iluminar las cortezas de los árboles. Me produce tristeza. Al mirarme al espejo, solo veo surcos en mi rostro.

— Yo también los tengo. Los míos son el reflejo
de la experiencia de muchos años pasados sin conocer la angustia.

—A pesar de haber vivido con intensidad, no he aprendido; solo tengo recuerdos para el dolor y la aflicción.

—Quizás debes darte otra oportunidad.

—Ya no hay tiempo.


Paula caminaba extenuada y con paso lento. Pasó por delante de los viejos y los miró. Oyó lo que decían, pero no consiguió entenderlo y continuó su camino. Estaba muy fatigada, entró en uno de los cafés del paseo. Tomó asiento junto a un velador. Nerviosa, abrió el bolso. De su interior sacó una carta arrugada. La letra era menuda e insegura. Ella forzó la vista y comenzó a leer.

Eduardo le anunciaba su grave enfermedad y con un beso, se
despedía para siempre. Paula cerró los ojos y dejó  caer la
primera lágrima.





Javier Aragüés (noviembre 2018)


domingo, 18 de noviembre de 2018

REENTRADA (guión para un documental)


Desde el Centro Espacial Kennedy de los Estados Unidos, se lanza la Estación Espacial Internacional (ISS), en febrero de 1998. Actualmente sigue en órbita después de 7353 días en el espacio, un nuevo récord de permanencia. En el exterior a la plataforma, domina el más rotundo silencio y el tenue metalizado de la enorme carcasa  se balancea suavemente en la negrura del espacio. Es un monstruo de interminables piezas que se encajan y retuercen para dar forma al desafío. La gran nave tiene una longitud de más de dos kilómetros y casi uno de ancho, soporta un alambicado andamio que sostiene paneles solares  fotovoltaicos  que suministran la descomunal potencia de desplazamiento en la órbita baja terrestre. Dentro de la plataforma, domina el blanco aséptico sometido a condiciones ambientales adecuadas de presión y humedad  que supone una temperatura constante y de confort. Todo esto se asegura desde los sofisticados equipos de informatización que presurizan un volumen de unos mil metros cúbicos. El olor especial de cableados sometidos a corrientes permanentes y bajo tensión, junto el zumbido aletargado de los instrumentos de precisión hace que el blanco inocuo del revestimiento de la cabina parezca repulsivo.


El objetivo de la misión es garantizar la presencia humana en el espacio, de una forma  permanente y conseguir que el ser humano resista la exploración espacial durante largos periodos.  Con este cometido se diseña y utiliza la Estación Espacial Internacional (ISS). Se piensa como un centro de investigación situado en una órbita terrestre baja, una órbita alrededor de la Tierra, ente la atmósfera y el cinturón de radiación de Van Hallen. Está tripulada de forma permanente por un equipo reducido —cinco— de astronautas e investigadores. Se les releva al cabo de periodos, que son función de la duración de cada proyecto de investigación que se acomete. Se procura  que las estancias no se prolonguen más allá de lo que exige cada proyecto. Estos relevos necesarios que también se utilizan en las tareas de mantenimiento y ampliación de la Estación y por supuesto se encargan de realizar el recambio de la tripulación. Los transbordadores que son vehículos diseñados para realizar prácticamente un número infinito de viajes y están diseñados técnicamente para soportar el calor a la entrada y salida de la atmósfera consecuencia de la elevada fricción a la que se somete a estos vehículos. Esta tarea es la más importante y salvo los problemas técnicos habituales que se pueden tipificar de controlados todas las misiones se desarrollan con normalidad por eso su diseño y utilización experimental es anterior a la existencia de la estación espacial. El primer transbordador se remonta a 1972, unos veinticinco años antes del lanzamiento de la estación espacial y dan excelentes resultados en todas las misiones. Bueno en todas excepto en la que se originó una catástrofe y por singular está en el recuerdo. Aquella en la que un transbordador  —el Columbus— se desintegra por el calor al salir al espacio en su último viaje, después de más de veinte años de uso experimental y en misiones. Perecen todos los tripulantes —los siete. Nadie quiere detenerse en este desastre, pues la sucesión de defectos están detectados, analizados y a día de hoy no hay duda que se han corregido.




REENTRADA A LA ATMÓSFERA (Video de la NASA)





En el Centro Espacial, el Dr. Walker, reconocido internista, psicólogo y psiquiatra, formado  en la Harvard University School es el responsable del buen estado de salud de los miembros de la Estación Espacial, durante preparación del lanzamiento,  salida y regreso y, lo más importante, durante la permanencia en el espacio. Su cometido consiste en realizar, los controles eminentemente técnicos y científicos que se hacen sistemáticamente en los organismos de los seleccionados y la preparación hasta conseguir el necesario equilibrio emocional de todos los miembros. La permanencia en el espacio va a ser larga y requiere una dedicación intensa en este sentido. Dedica gran parte de su tiempo a convivir con ellos.  Realiza simulaciones de situaciones extremas y en estas circunstancias facilita protocolos de comportamiento. Muchas de las sesiones son conferencias y charla de sensibilización sobre la importancia de la misión y que del comportamiento de uno de ellos depende la seguridad, y puede ser la vida de todo ellos.

Orden del día para la tripulación:

-        10 a.m. Conferencia: “HOSTILIDAD DEL AMBIENTE ESPACIAL”

En la sala de conferencias del Centro están convocados todos los componentes de la tripulación, los equipos de ingenieros, técnicos de comunicaciones y médicos que participan en las operaciones directas y de investigación. En la sala se apagan las luces, se ilumina una gran pantalla central y desde in atril iluminado, rematado por el escudo de los EEUU se proyecta una imagen de la Estación Espacial. El Dr. Walter reclama la atención de los asistentes. Tras un pequeño carraspeo, comienza la exposición.



“Después de algo más de veinte años de existencia de la Estación, hoy los problemas son de otra índole. Se centran en analizar cómo y en qué medida el ambiente espacial es hostil para la vida.  Se dedican horas —millones— en investigar los problemas de ingeniería que están ligados con el hecho de cómo se comporta la vida humana al abandonar la Tierra y durante los momentos de salida y llegada. Sobre todo uno de los mayores retos de la investigación espacial es determinar cómo los seres humanos pueden sobrevivir y realizar trabajos durante largas estadas en el cosmos. Las investigaciones se centran en analizar y cuantificar los efectos y el impacto del viaje espacial en el cuerpo humano. En el espacio conviven multitud de radiaciones. Entre las que más preocupan son las que provienen de los protones y las partículas subatómicas suspendidas en el viento solar, además de los rayos cósmicos e intensas radiaciones electromagnéticas y otros aspectos, que no por conocidos, son condiciones obligadas de trabajo en el espacio. Como el gran vacío, las temperaturas extremas y sobre todo la microgravedad que afecta sensiblemente al permanecer durante espacios prolongados de tiempo. El más significativo es la atrofia muscular y el deterioro del esqueleto humano. Coexisten estas alteraciones con otras detectables, pero menos evidentes. Cito algunas de ellas: el deterioro de la función hepática, que origina un proceso de fibrosis; la disminución de funciones del aparato circulatorio al concentrarse la sangre en la parte superior del organismo; debilitamiento del sistema demonológico; entre otros.  Uno de los más llamativos es que los astronautas que pasan grandes periodos en el espacio a su regreso son más altos, debido a que el tejido de las vértebras está sometidas a menos presión y la columna vertebral se despresiona.  Aparecen síntomas menores: redistribución de los fluidos, pérdida de masa corporal y trastorno del sueño entre muchos otros. Con esta investigación se descubren formas sencillas de vida llamadas extremófilos e invertebrados. Los tardígrados (de paso lento) se les conocen también con el nombre de “osos de agua” y resistente a condiciones extremas. Tienen características únicas en el reino animal, pueden sobrevivir en el vacío del espacio e incluso soportar elevadas presiones del orden de 6000 atm2; soportar con viada temperaturas extremas de un rango entre los -200 ºC y hasta los 150 ºC. También soportan la deshidratación prolongada —pueden pasar diez años sin agua. También son inmunes a la radiación ionizante, es decir la radiación capaz de extraer los electrones de los estados de equilibrio en los que se encuentran ligados al átomo. 
Dada la importancia que tiene la evolución médica de los seres humanos durante estos viajes y las largas permanencias en el espacio; dejo por un momento, las consideraciones sobre las posibles anomalías en los tripulantes, al Centro Espacial le preocupa el anticiparse a estas disfunciones y por ello el Instituto Nacional de Investigación Biomédica Espacial (NSBRI) y para ello considera resaltar, entre otros procedimientos, el Diagnóstico Avanzado por Ultrasonidos en el estudio de la microgravedad en los astronautas. Se realiza ecografías son la orientación de especialistas desde la Tierra. El estudio es más ambicioso y considera el diagnóstico y tratamiento de condiciones médicas en el espacio. Señores esta aportación supone un incremento en la seguridad de los viajes estelares y asegura mejores condiciones en los periodos de permanencia; uno de los objetivos de esta misión. Señores espero que estos meses de preparación sean, útiles; para nuestros equipos y para mí están preparados para enfrentarse con éxito a la misión.”

Todos abandonan la sala y se dirigen a la Sala de Control, los astronautas al transbordador.  



Sala de Control Espacial

Los cinco los cinco tripulantes de la estación espacial llevan en órbita alrededor de la Tierra 1327 días. Durante todo este tiempo los objetivos de la misión se cumplen según lo previsto. Aunque en el Centro Espacial aparecen algunas preocupaciones. Algunos miembros experimentan síntomas de hastío que no están previstos en los protocolos de los equipos de médicos y psicólogos. Saben que se enfrentan a algo que parece irrelevante en la Tierra, pero imprevisible en los viajes y estancias espaciales.
Los equipos médicos intentan aliviar estos incipientes estados de desequilibrio. Aunque sin importancia,  si se descontrolan pueden desbaratar una de las misiones más ambiciosas en la carrera espacial en cuanto a comportamientos estables con largas permanencias en el espacio.

La tripulación en estos momentos  la componen cinco personas (una mujer, la americana Mary Williams, muy vinculada profesionalmente a su hermano Jeff Williams.  También forma parte del equipo de la estación; un ruso, el coronel Anatoli Pérminov; el ingeniero alemán —Bert Dinter, y un tripulante chino, Leroy  Chiao; el menos adaptado al grupo.

Los investigadores médicos constatan que después de tantos días, la convivencia en la estación es razonable, la relación es cordial entre casi todos ellos y en el trato no existen distancias; quedan atrás los formalismos y entre ellos pasan a ser simplemente: Mary, Jeff, Anatoli, Bert y Chiao.  Pero al mismo tiempo empiezan a surgir ciertos desequilibrios emocionales. En las reuniones de los equipos médicos la mayoría las achacan al hecho de hacer una vida en común en un espacio de dimensiones  reducidas, es más, es el único argumento. Todos lo defienden excepto el Dr. Walker, máximo responsable médico —internista, psicólogo y psiquiatra— asignado a la misión.  Observa ciertos estados de angustia que se solapan y superan las alteraciones de hipersensibilidad por las dificultades de convivencia que no le dejan dormir. Al día siguiente, muy temprano, convoca una reunión con su equipo médico.  Selecciona vídeos, reproduce cortes de conversaciones y pone a disposición del equipo los expedientes clínicos de toda la tripulación. Al analizar los comportamientos con  detalle, detenerse en las conversaciones e incluso al estudiar los gestos de cada uno; expone a sus colegas, que en  todos los tripulantes hay algo que les preocupa. Es una inquietud común, pero no compartida. Muchas de las conversaciones  —casi íntimas— se desarrollan en torno a las tragedias ocurridas relacionadas con los momentos de regreso al planeta y en concreto, con todo lo relacionado con las maniobras de reentrada a la atmósfera. En ese momento, se levanta, coge cada uno de los expedientes y remarca las manifestaciones más evidentes de cada tripulante y analiza el comportamiento de cada uno.

Empieza por la mujer:
“Mary, a través de su hermano Jeff, conoce con detalle la tragedia del transbordador Columbia a su regreso a la Tierra. El calor abrasivo en la nave es el responsable, desintegra el transbordador y acaba con los seis astronautas, que su hermano Jeff  conocía personalmente.”
A continuación, lee un extracto de una declaración del coronel Anatoli al grupo.

“Nuestro país es consciente del riesgo que supone la maniobra de aproximación y entrada en la atmósfera. Par evaluarlo se hace un ensayo. Se somete  a la destrucción controlada de la nave Progreso M-10M simulando las condiciones de desintegración”.

Se tiene y hace la observación de que Bert y Chiao, corroboran los relatos y citan episodios similares a los comentados por el ruso.

El Dr. Walker se dirige a todos: “Pero señores además el coronel Anatoli continua la conversación para en este caso intentar tranquilizarles: fragmento de una conversación de i en el que intenta tranquilizar a la tripulación.

“En la actualidad, debido a  los riesgos que supone el regreso a la Tierra, la vida de los astronautas y el éxito de una misión, se avanza en su prevención y se aplican las nuevas tecnologías para minimizarlos.  Así, los MIRV (vehículos de reentrada múltiple e independientes), de un solo tripulante, se diseñan al efecto. En la fabricación, todos alcanzan los más rigurosos controles de calidad y se catalogan como de “Máxima Seguridad”.

El Dr. Walker hace una pausa y reclama a su atención: “Hace varios días, en una de las múltiples comunicaciones con la Tierra un ingeniero de este centro espacial olvida cerrar el audio en la conexión y un tripulante, solo en la sala de reposo. Pone el audio a los presentes: “Algunos de los MIRV son defectuosos. Por error incorporan un material  menos resistente al calor. Sólo uno de los MIRV, el de código AM-X1, es totalmente seguro y soporta las altas temperaturas al entrar en contacto con la atmósfera.”

De nuevo interviene el Dr. Walker, en medio del silencio de todos los colaboradores:
“Parece que uno de los tripulantes, se separa del resto durante unos instantes y consigue descifrar los códigos que permiten identificar el MIRV más seguro, el AM-X1.”

Con todas estas incógnitas se acaba la reunión. El Dr. Walter pide que consideren la situación y al día siguiente en una nueva reunión expongan su opinión

Ese mismo día, de madrugada, en el Centro Espacial reciben señales de la Estación. Todos los indicadores señalan que produce una avería en los depósitos de reserva de oxígeno. Se dispara la alarma, el tiempo para abandonar la Estación Espacial se hace crítico. El coronel Anatoli Pérminov se dirige a la tripulación en tono grave: “Es imprescindible regresar a la Tierra cuanto antes, de no ser así tenemos que permanecer en la Estación hasta que un nuevo transbordador nos rescate y mientras, las reservas de oxígeno se agotan”.

El Centro Espacial coordina, supervisa y dirige todas las actividades relacionadas con la misión de la Estación Espacial y el seguimiento, a través de las grandes pantallas de video. Tiene una estructura cuasi militar. El director Christopher Kraft es ingeniero, exgeneral de los marines y gerencia el centro con total autonomía. Está al frente de un equipo de físicos experimentales, ingenieros y matemáticos, seleccionados entre los más brillantes de las universidades de  EEUU. Uno de los fiscos es Thomas Miller, en su turno de supervisión, observa cierta inquietud y ansiedad en el comportamiento de los tripulantes. El Dr. Walker, corrobora la sospecha. Reclaman la presencia del del Director en la Sala de Control. Christopher conoce bien a los integrantes de la Estación Espacial y ha colaborado en su preparación. Sus rostros  reflejan pánico por la situación imprevista. No pueden interpretar los manuales de los MIRV. El comandante de la nave, además de este motivo, sospecha de una filtración que favorece a alguno de los tripulantes. Traslada la sospecha al general, que inmediatamente toma una decisión, activar el Protocolo de Emergencias y da la orden: “¡Es necesario identificar al tripulante que conoce las claves, disuadirle de la utilización y organizar una espera controlada hasta que llegue el transbordador!” ¿Cómo descubrirlo? Todos pueden acceder al manual de especificaciones técnicas publicadas en chino, idioma del país de fabricación de los MIRV. Los técnicos de seguimiento en  el centro espacial, además de los manuales,  disponen de los expedientes de todos los miembros. Se constituye un Comité de Emergencia.  
Uno de los ingenieros del Centro señala a Chiao como responsable. El jefe de operaciones rectifica: “Chiao conoce el idioma. Es la primera vez que forma parte del programa; está seleccionado por sus facultades físicas y capacidad de resistencia, pero carece de conocimientos tecnológicos para interpretar los manuales.”

Un físico grita: “¡Mary. Es Mary!”Interviene de nuevo el Jefe de Operaciones: “Tampoco es ella. Es filóloga en varias extranjeras, forma parte de la tripulación para analizar cómo influye en la mujer estos viajes de los largos periodos de ingravidez. No tiene asignado un cometido específico y siempre acompaña a Jeff.”

Y añade: “Anatoli y Jeff están descartados. La competencia entre sus países en la carrera espacial  les obliga a no separarse; comparten el mismo espacio de la estación en todo momento, incluso en los descansos. Nos queda Bert.”
Respira se toma unos segundos y continúa: “También queda excluido. Como especialista en fuselajes trabaja fuera de la estación. En los paneles fotovoltaicos. Se alimenta con líquidos de alto contenido energético que le permiten permanecer en el espacio durante varios días. Sabemos que no estaba con el resto.”
Los ingenieros están confundidos.  Uno de los periodistas presentes en el Centro Espacial Kennedy -Steven Siceloff del Washington Post- interviene desde la sala de control. “Señores, al escuchar todas las conversaciones sé quién conoce los códigos”. La clave está en "no despreciar a  la mujer”. 

Javier Aragüés (noviembre 2018)