martes, 26 de marzo de 2019

"ERA UNA DE ESAS NOCHES SIN FINAL"










En la noche, ignorante de tu cuerpo, con las manos buscaba la piel de tus palabras. Mientras con tus ojos consentías, me encontraba en cada esquina con el cariño de tus besos. Con los primeros rayos te escabulliste. Seguí jugando con el amor hasta que la brisa me devolvió a la soledad. 



Inspirado en la canción "ÉRASE UNA NOCHE SIN FINAL". 
Cantante, Inma Cuesta, Autor, Javier Limón.





Javier Aragüés (abril de 2019)


martes, 19 de marzo de 2019

CON DISTINTA PERSPECTIVA

Los cuatro habían sido citados en el Museo del Prado por Mercedes Santa Olalla, la jefa del departamento de pintura flamenca. Eran un grupo convocado al azar entre los visitantes del museo que lo integrado por Salvador, Rebeca, Cosme y Elena. El museo los había seleccionado entre profanos en pintura, pero asiduos al museo. El objetivo era establecer una opinión —la suya— respecto al cuadro el Jardín de las Delicias del Bosco. El premio consistía en un viaje para visitar las pinacotecas más importantes de Europa.

Salvador era un reconocido historiador. Había pasado su juventud recluido en un convento de jesuitas como hermano lego, no era sacerdote y por supuesto, además de orar, había dedicado gran parte de ese tiempo a dar clases de historia. Se podía decir que no era muy piadoso, más bien era refractario a todo lo que tenía que ver con la iglesia. Las dudas que le habían perseguido durante su época monacal le habían conducido a abandonar la orden y también a perder la complexión redondeada de fraile del medievo. En la actualidad exhibía una extremada estrechez de carnes rematada por incipientes canas que le hacía interesante ante hombres y mujeres. Era el primero en opinar.




—Para mí la tabla solo tiene sentido si nos fijamos en el panel central. El pintor se recrea en la sensualidad. No oculta la lujuria y la exhibe sin pudor caricaturizando el pecado original, que lo muestra como algo natural en la relación entre un hombre y una mujer. Son numerosos los hombres y mujeres desnudos que "pecan" sin miedo a ser castigados. Me siento como uno de los hombres del cuadro, pero sin pareja. (Sonrió irónicamente).


Rebeca estaba nerviosa antes que Salvador  hubiera terminado. En la entrevista previa a la selección había mentido —siempre lo hacía— al contestar a su profesión había dicho que era directora de marketing en una multinacional. En realidad trabajaba en un club nocturno frecuentado por empresarios tomando copas hasta altas hora de la madrugada, que a veces se prolongaban hasta el día siguiente, siempre que el acompañante se mostrara "espléndido"; no pedía que fuera amable o cariñoso, hacía años que a eso había renunciado. Comenzó a hablar sin llamar la atención.





—Mis ojos se van a la parte derecha del cuadro. Allí se representa el final de nuestras vidas. Representa el infierno cruel y despiadado. Espera a los pecadores porque reciben su condena, y el resto, ante el temor de pecar, sueña con formas demoníacas que castigan a los mortales. Es una referencia continua al pecado de la lujuria; de nuevo lo señala al utilizar  los instrumentos musicales gigantes que en este caso simbolizan —para mí—  el amor y la obscenidad. Todo esto aparece como si el pintor al realizar la obra,  hubiera pensado dirigiéndose a mí. 

Le tocaba a Cosme, pero al terminar Rebeca se tensó el ambiente y se alargó el silencio. 








Cosme cuidaba a su madre. Era una mujer enferma desde hacía años postrada en una cama. La mujer no tenía movilidad y necesitaba a su hijo en todo momento. Solo tenía la ayuda de una prima que le sustituía dos horas cada día. Él soñaba con ese momento para así poder visitar la vida. Desde siempre buscaba la felicidad, sin encontrarla. Cosme y el mármol se confundían: las vetas con sus venas, la frialdad con su disposición ante la vida y la dureza con la insensibilidad. Cosme, sin decirlo, esperaba una oportunidad mientras supervivía en la más amarga condena. No se distinguía si su amaneramiento era fingido o era por la falta del amor de una mujer. Sin apenas observar al resto, comenzó a hablar mirando continuamente su reloj.

—Para mí el pintor resume la vida —las aspiraciones nobles del hombre—  en el tríptico de la izquierda, el resto del cuadro no me conmueve. Es impensable que no podamos gozar del paraíso tal y como fue concebido para cobijar a los primeros seres humanos. Representa a la fuente de la vida en el centro del jardín, que es el edén. La rodea de agua que simboliza la tentación y la falsedad y que incluso tienen cabida dentro del paraíso junto a la demostración de lo salvaje. Pero el hombre y la mujer se ven obligados a convivir con ello y en esa lucha se sitúan por encima del comportamiento animal, con el sacrificio intentan vencerlo. 

Se hizo el silencio. Todos la miraron. Le tocaba el turno a Elena. 

Al presentarse dijo: "Me llamo Elena. Soy escritora". Lo dijo tan despacio que parecía que masticaba cada sílaba. Era muy duro apuntalar una vocación a caballo entre ser artista y colaboradora esporádica en un periódico. A la vez que se explicaba, en su interior hacía balance de lo que significaba vivir con incertidumbres, combatir la falta de inspiración, y lo peor, ser dueña de sus fracasos. Pero debía luchar sin desfallecer y transmitir el arte de expresarse. Estaba en una edad que los conocidos dudaban si llamarla de usted o tutearla. Había desistido de cuidarse y solo vivía por y para la literatura, pero esperaba poder decir “de”.





—No puedo imaginar el cuadro sin contemplarlo en su conjunto. ¿Por qué no hacerlo cerrado? Oculta lo que sugiere en su interior. Veo el proyecto del mundo. Todo está por hacer, incluso el hombre puede escoger ser libre, puede fabricar su destino. Vivir en paz en el paraíso, pecar y gozar de los placeres que él mismo elucubra, y si es así, vivir permanentemente en las tinieblas. Es como un libro que espera al escritor para tener vida propia. Sin duda, para mí el tríptico cerrado lo dice todo.

Santa Olalla, después de escucharlos, se retiró visiblemente emocionada y les pidió que esperaran hasta conocer la decisión; la última palabra estaba en manos del director del museo.


Javier Aragüés (abril de 2019)

miércoles, 13 de marzo de 2019

LA PARRA


Cruzaba la plaza de Escuderos y me dirigía a la casa de tía Fredes que era mi lugar preferido para jugar. Aunque todos la llamaban así, pero la verdad es que era la tía de mi amigo Estebitan, que como yo, tampoco era del pueblo, pero pasábamos allí todos los veranos; estábamos tan compenetrados que sin hablar nos entendíamos.

Como cada jueves, tía Fredes nos dejaba jugar en el patio descomunal que daba a la parte trasera de la mansión. De ella decían que era viuda y vivía sola; esos eran los motivos por los que estaba en boca de todos, pero jamás la había visto nadie, excepto Estebitan; aunque eso no era del todo cierto. Los jueves, yo la veía desde lejos cuando me avisaba mi amigo. De no ser así, se podía decir que la tía Fredes no habitaba en el viejo caserón. Yo sabía que aparecía cuando estábamos en el patio; era algo que temía y a la vez lo deseaba. Surgía de la nada cuando me advertía mi amigo. Ella era para mí  como un bulto oscuro que caminaba arrastrando los pies, de un extremo a otro del estrecho mirador que dominaba el patio; se detenía de forma inesperada y con sus binóculos parecía que nos miraba. Eso decía Estebitan. Digo esto, porque cuando ocurría yo bajaba la mirada y me lo imaginaba tal y como lo explicaba mi amigo. Aparentemente la mujer no se metía en nada, pero bastaba un comentario apagado de Estebitan: "¡Cuidado, que se asoma tía Fredes!", y en ese momento dejábamos todo y dirigíamos la vista al corredor. Yo hacía el gesto, porque no me atrevía a mirar. Estebitan decía: "Cuidado, ya está ahí tía Fredes, en vez de andar parece que repta", y corríamos a refugiarnos. Eran unos momentos intensos. Necesitábamos algunos minutos para dejar de jadear y calmarnos, solo lo estábamos cuando nos sentíamos a cubierto y eso que 
Estebitan era algo mayor que yo.

Siempre elegíamos el mismo escondite, bajo una gran parra en uno de los extremos del inmenso patio. Allí pasábamos horas hasta estar seguros que la tía Fredes no se acercaba; por otra parte, eso jamás había ocurrido.






La parra se veía como una mata frondosa, inofensiva, desde el camino que la unía con la gran mansión. Todo cambiaba al intentar adentrarse bajo las ramas que apenas se extendían porque se entrelazaban hasta hacerla impenetrable y difícilmente dejaban pasar la luz. Era una parra singular, nadie sabía porque había crecido allí, nadie la cuidaba, ni tenía los típicos travesaños que la forzaban para dar forma a una celosía; era una parra salvaje. 

 Estebitan tuvo la idea de hacernos paso entre sus ramas hasta llegar al robusto y retorcido tronco y allí cavar una zanja muy profunda a modo de trinchera para parapetarnos, por si tía Fredes decidía hacer una incursión. Tardó en convencerme. Yo estaba aterrorizado ante la reacción de su tía si nos descubría, pero al final cedí.

Empezamos a cavar a principio de un verano. Estebitan consiguió un pico y una pala abandonados en un cobertizo. Cavábamos

durante el día, y por las tardes, cuando ella dormía la siesta, retirábamos la tierra. El verano terminaba y Estebitan insistía en que el hoyo aún no era lo suficiente profundo. Decidimos no proseguir y continuar el verano siguiente.


Aquel verano, todo cambió. nunca lo podré olvidar, Estebitan ya no llevaba pantalones cortos, sobre sus labios aparecía una difuminada pelusilla negra y tenía la cara salpicada de pequeños granos, algunos con puntas blancas. Lo que más me impresionaba era como había cambiado su voz. Siempre me había dejado influenciar por él, porque en ningún momento ocultaba que estaba en su casa, bueno en la de su tía, que a todos los efectos era lo mismo. 

Continuábamos avanzando con nuestro escondite haciendo el menor ruido posible. Una tarde habíamos acumulado gran cantidad de tierra bajo la parra, Estebitan con un gesto me pidió silencio, me indico que continuara cavando mientras él la retiraba. Me quedé solo bajo la parra rodeado de un ambiente mudo y hostil que no dejaba pasar la luz y me senté a descansar en el fondo del boquete que habíamos cavado. A mi alrededor, las paredes de tierra callada por las que se dejaban ver algunas porciones de raíz de la parra como alambres retorcidos. El escondite tenía ya la profundidad de uno de nosotros. Pasaron unos minutos eternos, me extrañó que no volviera mi amigo. En medio de la quietud, oí como si alguien se arrastrara. Levanté los ojos y el terror me paralizó. En la boca del agujero, Estebitan agarraba una silueta negra y me observaba.

No volvimos a jugar.          

                                      
Javier Aragüés (marzo de 2019)

miércoles, 6 de marzo de 2019

EL ESPERANZA

Llevaban años mirando al mar, se podía decir que siglos. Los habitantes de aquel pueblecito de la costa estaban orgullosos del lugar, porque el mar había sido fuente de vida para sus antepasados y también para ellos. Pero ¿y para sus hijos?

Era un pueblo de casas diminutas y muy blancas, parecían nevadas, y se confundían con las gaviotas; tan grande era el parecido, que los días luminosos con sol radiante, los habitantes movían los brazos de arriba abajo, para lograr que las casas despegaran del suelo. Cuando llegaba la noche, al ver que no lo conseguían, caían extenuados y las casas se teñían de un gris decrépito. Creían que había una maldición. Los lugareños eran de alguna manera los responsables, tenían al menos dos defectos: cada día, querían pintar las casas de blanco, y no sabían conservar lo que les había concedido la naturaleza.
*


Era el único niño en el pueblo, me llamaba Gobio. Todos los niños también tenían nombres de peces, en recuerdo de las desbordantes capturas de otros tiempos, pero sus padres los habían enviado a la ciudad. No había pesca y carecían de medios para atenderlos. Yo no tenía familia, se ocupaba de mí un hombre que todos conocían. Después os hablaré de él.


Me despertaba muy temprano, cuando todavía era de noche; veía amanecer y a los hombres preparar las brochas para pintar sus casas y conseguir que el gris afligido del día anterior se convirtiera en blanco fulgurante. Tenían que estar bien pintadas en el momento de agitar los brazos. Cada día lo conseguían, pero el resultado final era el que os he contado. Yo no entendía por qué repetían cada día una tarea tan absurda.

Había un pescador en el pueblo que salía a mar todos los días, y pescaba mientras que el resto de los habitantes se dedicaban a pintar. Al caer el sol, todo el pueblo le recibía en el puerto, con admiración y envidia. Las gaviotas revoloteaban sobre la cubierta de su pequeño barco de pesca de color verde azulado, que se confundía con el mar. EL ESPERANZA, así se llamaba su barco, entraba por la bocana muy lentamente y saludaba a todos haciendo sonar la bocina. El ¡Tuuu, tuuu! retumbaba en todas las casas y era el resumen de la vitalidad y el sentir de aquel pescador. 

Sí, porque aquel pescador era Tío Paco, así le llamaba todo el pueblo. Era el único que salía a pescar, y pescaba. Él y la bocina de su barco tenían tanta fuerza que parecían mover las casas; él solo conseguía lo que no lograban los esfuerzos de todo el pueblo. 








Cada tarde, al llegar a puerto, abarloaba EL ESPERANZA junto al muelle principal. Allí vivía, en una sencilla casa de pescadores con la puerta siempre abierta, sin cerradura, porque decía que lo único que poseía era tan importante que siempre lo llevaba con él. Todos sus gestos eran meticulosos y sencillos, se deleitaba en cada acción. Al mostrar la pesca en la cubierta del barco parecía que su presencia animara a los peces a saltar en un movimiento 
continuo de lentejuelas plateadas sobre simples cajas de madera. 

Al amanecer, Tío Paco se preparaba para hacerse a la mar. Ordenaba los aparejos en cubierta, estibaba los pertrechos y zarpaba; lo hacía muy despacio hasta llegar a la bocana, al traspasarla, ponía proa a la lejanía. El azul verdoso del barco se confundía con el del tono más intenso del mar. Yo, al verle, en silencio, expresaba con una sonrisa emocionada: “A bordo del ESPERANZA un hombre boga hacia el horizonte".

En el pueblo, los vecinos saltaban como todos los días sin conseguir su objetivo. Yo me iba haciendo mayor, y una tarde, después de entrar en el puerto, Tío Paco me llevó a su casa y me prometió que a la mañana siguiente me llevaría a pescar. No pude dormir en toda la noche. Me dijo: "Te llevaré más allá del horizonte". 

Navegamos hasta el confín del mar y lo superamos. El sol tocaba el casco del ESPERANZA con tal esmero, que era como si acariciase la vida. Todas las especies marinas bullían alrededor del barco. Delfines, atunes, doradas y sargos saltaban; peces de todos los colores y tamaños nos rodeaban. Tío Paco detuvo el motor y echó las redes, se hizo el silencio. Solo se oía el murmullo de los ligeros golpes de mar contra los costados del barco. Al cabo de un tiempo, izó los aparejos. Las redes reventaban. El centelleo de la captura deslumbraba y Tío Paco sonriente repetía: "Lo ves Gobio, sí hay pesca". Yo le animaba, "¡Tío Paco echa las redes otra vez!". Me miró algo molesto. No solo no lo hizo, sino que devolvió a la mar gran parte de la captura. "No nos hace falta, hemos pescado suficiente, así siempre podremos volver". En las aguas cercanas al pueblo ni un movimiento, ni un colorido, solo el azul profundo de un mar solitario y sombrío. 
Ese día entendí lo que significaba “Más allá del horizonte”.

De regreso a puerto, Tío Paco me explicó por qué los hombres del pueblo saltaban. “En cada salto quieren ver más allá del horizonte y caen extenuados, porque para ellos, el horizonte es inalcanzable”. 

Así era Tío Paco. Al verle, se me escapaba “¡Ahí va mi tío Paco!”.  Me había enseñado cómo pescar y a ver más allá del horizonte.                    

           
    Javier Aragüés (marzo de 2019)