martes, 20 de noviembre de 2018

LA PRIMERA LÁGRIMA





La ciudad estaba desierta. A un lado, el río discurría impetuoso por su cauce y al otro, la ciudad dormía. Eduardo al correr, despertaba los charcos; rompía el reflejo de las luces tenues que reposaban sobre el agua y no paraba de correr tras Paula. Ella, al advertirlo, aceleró el paso. Corrió sin mirar atrás, sin detenerse. El cansancio le atenazaba. Giró la cabeza y no vio a Eduardo. Miró a uno y a otro lado, se aseguró de que no la seguía. Continuó con el paso apagado hasta llegar a una plaza desierta, de la que arrancaba una gran avenida. Era un largo paseo custodiado por hileras de árboles perdidos en el infinito que en primavera refrescaban la ciudad.


Amanecía. En las primeras horas del día se veían algunos ancianos matineros, sentados en los bancos de madera del paseo. Dos de ellos hablaban con sosiego.

—Recuerdo cada primavera, la avenida abigarrada de cafés y terrazas vacías, que en los días de fiesta, se atestaba de gentes. 

—Ahora en otoño, el sol luce débil. Lame las aceras y lucha sin éxito para iluminar las cortezas de los árboles. Me produce tristeza. Al mirarme al espejo, solo veo surcos en mi rostro.

— Yo también los tengo. Los míos son el reflejo
de la experiencia de muchos años pasados sin conocer la angustia.

—A pesar de haber vivido con intensidad, no he aprendido; solo tengo recuerdos para el dolor y la aflicción.

—Quizás debes darte otra oportunidad.

—Ya no hay tiempo.


Paula caminaba extenuada y con paso lento. Pasó por delante de los viejos y los miró. Oyó lo que decían, pero no consiguió entenderlo y continuó su camino. Estaba muy fatigada, entró en uno de los cafés del paseo. Tomó asiento junto a un velador. Nerviosa, abrió el bolso. De su interior sacó una carta arrugada. La letra era menuda e insegura. Ella forzó la vista y comenzó a leer.

Eduardo le anunciaba su grave enfermedad y con un beso, se
despedía para siempre. Paula cerró los ojos y dejó  caer la
primera lágrima.





Javier Aragüés (noviembre 2018)


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